YA NO ESCLAVO(2)

     

“Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4:7).
 
Lectura: Gálatas 4:3–7 (LBLA)
 
La Escritura nos dice que ya no somos esclavos, pero con frecuencia vivimos como si lo fuéramos. No vivimos plenamente a la luz del Padre, clamando: «Abba, Padre». No vivimos sabiendo que el Padre nos ve y que, al vernos, ve a Cristo; que se deleita en nosotros. En lugar de eso, seguimos viviendo como esclavos del pecado o de nuestro pasado porque no hemos comprendido del todo, o no hemos creído, nuestra nueva identidad. Si realmente entendiéramos quiénes somos, reconoceríamos que el pecado, nuestra auto imagen y las exigencias y expectativas del mundo ya no tienen poder sobre nosotros. La esclavitud no tiene sentido para un hijo o una hija de Dios. Esto no se refiere solo al pecado evidente, sino también a la forma en que nos definimos. Podemos seguir esclavizados no solo a prácticas pecaminosas, sino también a identidades falsas: ideas equivocadas sobre quién creemos que somos.
 
Por ejemplo, si alguien antes recurría a la mentira para salir de problemas, ese comportamiento pertenecía a una identidad antigua, marcada por el miedo y la autoprotección. Pero en la plenitud del tiempo, esa identidad ha terminado. Ahora, incluso en medio de la dificultad, Dios está con nosotros. Nuestra nueva identidad es la de alguien que dice la verdad; alguien que vive desde la verdad, templada con gracia y bondad; alguien medido en sus palabras, lento para hablar, pero fiel al hacerlo cuando es necesario. Esto refleja al propio Cristo, que mantuvo un equilibrio perfecto entre la gracia y la verdad.
 
Pero tengamos cuidado de no intentar definir nosotros mismos quiénes somos, sino dejar que lo haga Dios. Si no, podemos pasar de una forma de esclavitud a otra sin darnos cuenta, quizá de una vida desenfrenada a un legalismo rígido, pensando que así agradaremos a Dios. Sin embargo, el legalismo también es esclavitud, solo que con otro disfraz. No somos nosotros quienes determinamos quiénes somos. Debemos pedir a nuestro Creador que nos diga quiénes somos, que nos revele tanto las verdades como las mentiras que hemos creído acerca de nosotros mismos, tanto antes, cuando estábamos muertos en el pecado, como ahora que tenemos vida nueva en Cristo. Solo el Creador puede definir lo que Él ha creado. Si una lavadora cree que es un microondas, esa es una identidad falsa que solo el fabricante puede corregir. De la misma manera, Dios, nuestro Creador y Padre, no nos define por nuestro pasado, ni por nuestros fracasos, ni por nuestros títulos profesionales, relaciones, por nuestras heridas o expectativas no cumplidas, sino por nuestra adopción en Cristo y por aquello para lo que nos creó: el ser sus hijos e hijas.
 
Esto no elimina las injusticias que hemos sufrido o cometido y que pudieron formar parte de nuestra antigua identidad. No finge que lo malo no ocurrió, pero sí elimina la esclavitud. Nos permite dejar nuestras cargas, resentimientos e identidades falsas a los pies de la cruz y decir: esto ya no me define. Dios me define. Lo que ocurrió en la plenitud del tiempo ya ha tenido lugar en el ámbito espiritual, está consumado. Ahora yo necesito aprender a vivir en la plenitud de la libertad de mi nueva identidad en Cristo.
 
Señor, no quiero vivir más como esclava. No quiero vivir sin atender a la voz suave y amorosa de tu Espíritu Santo. No quiero vivir como si todo dependiera de mí, o como si el peso del mundo descansara sobre mis hombros. Quiero vivir sabiendo que tengo un Padre al que puedo llevar todas mis cargas; que tengo un guía en el Espíritu Santo que me conduce con ternura y me muestra dónde ir, qué decir, cómo debo vivir y lo amada que soy y que ya no soy esclava, sino hija y heredera. Abre mis ojos para ver lo que realmente ocurrió cuando llegó la plenitud del tiempo. Dame una visión de quién soy en Cristo y permíteme participar en lo que has planeado para mí. Gracias, Padre, porque lo que fue cambiado en la plenitud del tiempo terrenal será llevado a la gloria eterna. En el nombre de Jesús, amén.
 

    

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