“Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4:7).
Lectura: Gálatas 4:3–7 (LBLA)
De esta lectura la frase que me llamó la atención fue: “cuando llegó la plenitud del tiempo”. Hubo un momento concreto en la historia, hace unos dos mil años, en el que llegó la plenitud del tiempo, y Dios, que es eterno y vive fuera del tiempo, actuó dentro del tiempo de una manera que lo cambió todo, radicalmente, para siempre. La plenitud del tiempo fue el momento propicio cuando Dios tenía todo preparado para que su Hijo viniese. Con su venida sucedió algo grande, definitivo y completo. Ocurrió el mayor milagro de la historia con la potencia para transformarnos por completo. Sin embargo, si somos sinceros, muchos vivimos como si no hubiera sucedido. La gran mayoría de la humanidad vive como si esa plenitud del tiempo nunca hubiera llegado, porque no tienen ni idea de lo que ocurrió, ni qué significa. Y aun los cristianos, en nuestra vida cotidiana, no somos realmente conscientes de ello la mayor parte del tiempo.
Entonces, ¿qué ocurrió realmente en la plenitud del tiempo? Fuimos redimidos de estar bajo la ley y adoptados como hijos de Dios. Antes de ese momento estábamos condenados por la ley, esclavizados bajo poderosas fuerzas espirituales que nos mantenían cautivos: el mundo y sus exigencias, el pecado, el maligno y nuestro “yo”. Pero ahora la vida perfecta de Cristo nos es atribuida. Su muerte expió nuestra transgresión de la ley y, por medio de Él, recibimos la adopción como hijos. Nuestra identidad quedó, por tanto, completamente transformada: de esclavos a hijos y herederos. Y esto ocurrió en la plenitud del tiempo. Ya no somos transgresores de la ley bajo condenación. Somos hijos e hijas. Y, a causa de esta adopción, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones que clama: «Abba, Padre». Ya no estamos condenados; hemos sido adoptados como hijos de Dios, ahora hay un espacio santo dentro de nosotros. Nuestros corazones han sido declarados territorio santo, morada del Espíritu Santo.
Sin embargo, no siempre vivimos creyendo esta realidad espiritual por fe, porque nuestra realidad diaria parece distinta. Nuestros corazones no se sienten santos. El mío, desde luego, no me lo parece. No me siento coheredera con Cristo, ni vivo plenamente la realidad de lo que eso significa. No siempre comprendo mi nueva identidad, y no siempre percibo al Espíritu de Dios en mi corazón. Y por eso, en ocasiones, no vivo como si Él estuviera verdaderamente ahí. A veces me detengo y pido dirección al Espíritu, pero no de forma constante. Y esto revela algo importante: aunque la plenitud del tiempo ya ha llegado y está escrita como tal en el cielo, a menudo seguimos viviendo como si aún estuviéramos antes de ella. Vivimos desde nuestra perspectiva humana y no como con nuestra nueva identidad de hijos de Dios. Vivimos como esclavos y no como hijos. ¿Cuál es la diferencia? Pensemos en ello. …/…
[1] Este devocional y el siguiente fueron escritos por Rebeca Cretney
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