SI NO FUERA POR EL ESPÍRITU SANTO

“Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo” (Lucas 24:50, 51).
 
Lectura: Lucas 24:49-53.
 
            Si no fuera por el Espíritu Santo, el cristianismo no habría sobrevivido a la partida del Señor Jesús. Todo habría quedado en unas maravillosas experiencias que los discípulos y su generación recordarían con mucha nostalgia, pero poco más. La venida del Espíritu Santo fue imprescindible para que el cristianismo continuase hasta el día de hoy. Él es el que ha “reemplazado” a Jesús en el mundo. Él ha dirigido la continuación de la obra que el Señor Jesús empezó, la edificación del reino de Dios, o, en otras palabras, la Iglesia. Por eso Jesús dijo: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (24:49). La promesa del Padre es el Espíritu Santo.
 
            Los discípulos fueron testigos de todo lo que Jesús dijo e hizo, de cómo padeció y resucitó de los muertos al tercer día. Jesús les dio el cometido de comunicarlo al mundo entero, a predicar “en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (24:47), pero habría sido totalmente imposible sin el poder del Espíritu Santo.
 
            El Espíritu Santo ha sido el motor de la Iglesia desde el día de Pentecostés, cuando descendió del cielo, tal como Jesús prometió. Él es el que inspiró a los apóstoles con valentía, sabiduría, fluidez, inteligencia, y la capacidad de expresar con claridad y poder que Jesús había muerto y resucitado, y llamar a la gente al arrepentimiento para el perdón de sus pecados. Del Espíritu Santo procedieron las palabras que tenían que pronunciar, la organización de su mensaje, el poder y la valentía, los textos del Antiguo Testamento que tenían que citar para demostrar que su mensaje era el cumplimiento de lo que había sido profetizado a lo largo de la historia. El Espíritu Santo dirigía el movimiento de los discípulos a los países donde tenían que ir. Los guardaba con vida. Les dio resiliencia para sufrir. Les dio fruto. Llamó a otros a acompañarlos. Dispersaba a los creyentes para que fuesen a todas partes llevando el evangelio consigo, ya preparados, equipados con dones y comisionados, tal como lo había hecho con los apóstoles.
 
Y el Espíritu ha continuado dirigiendo la expansión del cristianismo hasta el día de hoy. Él es el que ha ido inspirando a los predicadores y enviando a misioneros a lugares donde el evangelio no ha llegado. Él da los dones y capacidades, da visión y el deseo de ir, amor, humildad, paciencia, resistencia, aguante, y poder necesario para que la Palabra dé su fruto. Llama a la gente al arrepentimiento para recibir el perdón de pecados y las incorpora en la Iglesia. Ellos llevan el evangelio a otros. Y así la Iglesia se perpetúa y el reino va creciendo a través del mundo. Y para nosotros es igual. Sin la comunión íntima con el Espíritu Santo no hacemos nada, pero con Él vamos haciendo nuestra parte en la extensión del evangelio y el crecimiento del reino de Dios hasta que Jesús vuelva para encontrar una Iglesia vibrante y activa, esperándolo con ilusión y amor apasionado, y comience su reino en la tierra.      

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