“Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Isaías 60:1-3).
Lectura: Juan 3:17-21.
Cuando Jesús murió en la cruz, hubo tinieblas sobre toda la tierra. Hubo densa oscuridad, porque se acababa de apagar la Luz: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue echo; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:9-11). La Luz vino al mundo y el mundo no quiso recibirla; la sofocó en la cruz del Calvario: “La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (3:19). Jesús es la Luz que vino al mundo, pero la gente prefería las tinieblas, porque querían esconder su pecado en la oscuridad. Pensaban que podrían esconderse de Dios en la oscuridad, como Adán y Eva en el Huerto de Edén.
¿Qué es lo opuesto a la luz? Lo opuesto de la luz es el pecado. Es la maldad. La luz es belleza, pureza, verdad, transparencia y la brillantez de la inteligencia y la bondad, a saber: inteligencia intelectual, moral y espiritual. La maldad es el engaño, es la insensatez, el sin sentido, lo absurdo. Es arbitraria, caótica y destructiva. ¿Qué es el pecado? Es la falta de amor, el egoísmo, la inmoralidad, lo distorsionado, torcido, feo, repulsivo y obsceno. El pecado es la autojustificación. Es cerrar el corazón al amor y la misericordia. Es juzgar y condenar a otros. El pecado es tirar la toalla en cuanto a Dios, es perder toda la confianza en Él; esto conduce a la desesperación, la oscuridad y la muerte.
Así estuvo el mundo cuando Jesús moría en la cruz. La luz se había apagado. No había esperanza alguna para el hombre. Pero nuestro texto dice: “Resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti”. Llegó Jesús. La Luz es la gloria shekiná de Dios que brillaba en la faz de Jesús. Por eso la gente lo odiaba, porque sus obras eran malas, pero los que vienen a la luz lo reciben a Él, y con Él reciben bondad, belleza, verdad y conocimiento, porque todo lo bueno forma parte de Su luz: “mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (1:12). Así es como llegamos a ser hijos de luz.
El apóstol Pablo habló de la luz: “Si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4:3, 4 y 6). De Jesús emana la luz. El apóstol Juan lo describe: “Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Y cuando le vi, caí como muerto a sus pies” (Apoc. 1:16, 17). Él es pura luz.
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