“Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Isaías 60:1–3).
Lectura: Juan 3:17-21.
Al leer este pasaje de Isaías, no puedo evitar pensar en los sabios de Oriente que vieron esta luz resplandeciente y en la estrella que siguieron con un único propósito: adorar. No puedo evitar pensar que Jesús es esa luz, la luz que brilló en la oscuridad más densa. Su luz fue apagada momentáneamente; las tinieblas creyeron que habían triunfado y se rieron, hasta que la luz volvió y brilló con aún más intensidad. Y entonces me pregunto: ¿cuántos reyes y gobernantes han venido a ver la luz, a ponerla a prueba para ver de qué está hecha?, ¿cuántos reyes y gobernantes han visitado Belén? Sospecho que una gran proporción de los gobernantes de la historia.
La luz verdadera vino a este mundo entenebrecido, pero las tinieblas no prevalecieron contra ella. Los que hemos puesto nuestra fe en Cristo hemos visto su luz y hemos contemplado la hermosura que irradia el Hijo de Dios. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de Él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos. Pues todo el que hace lo malo aborrece la luz, y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se vea claramente que ha hecho sus obras en obediencia a Dios (Juan 3:18-21).
Esa luz que Él irradia ha ido encendiendo otras pequeñas luces durante dos mil años; todas señalan hacia su Gran Luz. Él encendió nuestra pequeña luz en su momento y ahora miramos hacia la Gran Luz. Es como cuando Moisés levantó la serpiente en el desierto: todo aquel que la mira y cree es sanado de su pecado; por eso no hay temor a la oscuridad. Es una imagen impresionante que se repite a lo largo de las Escrituras.
Los versículos que preceden a este pasaje de Isaías no dejan lugar a dudas sobre a quién se refiere esta luz; hablan del Redentor y prometen: “Mis palabras que puse en tu boca no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos” (Is. 59:21). Y así ha sido. No solo la luz no se ha apartado de nuestros ojos y se refleja en nuestras vidas, sino que su Palabra tampoco. Desde el momento en que nació Jesús, hasta hoy, estas promesas se han cumplido. Nunca ha habido un tiempo en la historia en que el nombre de Jesús fuera olvidado, ni siquiera cuando la oscuridad persiguió su nombre e intentó apagarlo por todos los medios, ni cuando los creyentes eran pocos, pobres y sin gran educación, enfrentados al Imperio romano y aun a sus propias naciones que rechazaron la luz, porque la Palabra dada a través de Isaías nunca ha fallado.
Señor, pido que Israel despierte, que mire al que traspasaron y llore como se llora por un primogénito, como se llora por un hijo único; que se den cuenta de lo que han hecho y lloren quebrantados. Pido por el que es tu pueblo elegido, para que se convierta y sea luz a las naciones. Señor, te ruego que descansemos confiados en el conocimiento de que no somos nosotros los que debemos producir la luz; todo lo que tenemos que hacer es mirar la tuya y reflejarla. Brillaremos con ella cuando te miremos, cuando fijemos los ojos en Cristo y no los apartemos de Él. Gracias, Señor, por Isaías; gracias por este hombre tan extraordinario, a quien hablaste con tanta claridad acerca de tu Hijo con palabras sumamente hermosas. En el nombre de Jesús. Amén.
[1] Escrito por Becky Cretney
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