DIOS CUMPLIÓ SU PROMESA

     

“Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador… para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre” (Lucas 1:68-69, 72-73).
 
Lectura: Lucas 1:67-75.
 
            Dios se acordó de la promesa que hizo a Abraham y a los padres de levantar a un poderoso Salvador. Esto está muy bien, y lo celebramos, pero Abraham y los padres no vivieron para ver el cumplimiento de la promesa. Estaban muertos todos ellos. ¿Cómo pueden celebrar la fidelidad de Dios a sus promesas si no saben que ha ocurrido lo que ellos esperaban, pero que no vivieron para verlo?
 
            Respondemos: Claro que vivieron para verlo. Dios es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de vivos y no de muertos (Mat. 22:32). Jesús es la resurrección. La resurrección es hoy, tal como Jesús dijo a Marta cuando ella dijo que ocurriría en el último día. Jesús la corrigió diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Jesús es la resurrección, así que la resurrección es ahora. En la eternidad no hay pasado ni presente ni futuro; todo es un eterno presente. No existe el tiempo. Los muertos no están esperando nada. Están vivos y ya saben todo, y lo han vivido, como Moisés y Elías en el monte de la transfiguración (Lucas 9:30, 31) donde hablaron con Jesús de lo que le esperaba en Jerusalén.
 
            Lo mismo pasa en este texto que tenemos delante. Dios cumplió su promesa a Moisés y a los padres, y ellos lo saben. Dios se regocija al cumplirles sus promesas y ellos lo celebran. No pensamos que los muertos están en un estado de Nirvana en que no se enteran de nada, que están esperando el desarrollo de la historia. Esto lo esperamos nosotros, los vivos, criaturas del tiempo, pero ellos no. Jesús dijo: “Abraham ha visto mi día… Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó. Entonces le dijeron los judíos; Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham? … Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió” (Juan 8:56-59).
 
            La esperanza cristiana es aún más gloriosa de lo que muchos creyentes piensan. No morimos para entrar en un estado de bienestar consciente, flotando en el espacio, sino que estaremos totalmente vivos, gozándonos, enterándonos de todas las maravillas de Dios, y no en la medida en que ocurran, sino en un eterno presente donde vemos hecho realidad todo lo que hemos orado y esperado cuando estábamos aquí en la tierra. Bendito el Señor Dios de Israel que ha cumplido todas sus promesas en la eternidad, y un día lo veremos y diremos: “Dios ha hecho bien todas las cosas”.   

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