“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, él conmigo” (Apocalipsis 3:20).
Lectura: Apoc. 3:14-22.
El versículo que encabeza nuestra meditación se encuentra al final de la Biblia en una de las cartas que Jesús manda a las siete iglesias de Asia, en las cuales Él evalúa a cada una de las iglesias y les dice qué tienen de bueno y qué de malo, y qué deben hacer para mejorar. En la carta a la iglesia de Laodicea, de donde sale nuestro texto, les dice que, como iglesia, están tibios. Han perdido su entusiasmo por las cosas de Dios. Pero hay unos pocos que han mantenido el fervor de su amor por el Señor. A ellos sale la invitación: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. El Señor se encuentra fuera de la iglesia, llamando. Ellos, como congregación, se ven muy bien; ni se dan cuenta de la ausencia del Señor en su medio. Él va llamando. Suave. Pacientemente. Llama, y espera si alguien dentro de la iglesia oye su voz, que la reconozca, y acuda a la puerta para abrirla. La iglesia en su conjunto continúa con su ritual, sin Jesús, pero si alguien lo oye y abre la puerta, Jesús no entra en la iglesia, sino con el individuo que ha respondido a su voz.
“Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. La cena era la comida principal del día donde podrían estar relajados después de un día de trabajo y descansar, comiendo despacio una cena sustanciosa, conversando juntos, disfrutando del compañerismo el uno del otro. Esto es lo que el Señor desea con los suyos, conversación, un intercambio de impresiones, un hablar y escuchar cada uno al otro. No estamos hablando acerca de la entrada de Jesús en el corazón para salvación, sino de su entrada en la casa de Dios que somos nosotros, para tener comunión con nosotros donde escuchamos el uno al otro y nos sentimos comprendidos.
Esto es lo que el Señor desea con cada uno de sus amigos aquí en la tierra. Hay muchas cosas que nos podrían separar de esta comunión íntima con Él: las distracciones de la vida, por ejemplo, o el pecado, el miedo a la persecución, el enfriamiento. Pero si superamos estos obstáculos aquí en la tierra, el Señor dice: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono” en el cielo (Apoc. 3:21). Partimos de esta vida donde estamos juntos con el Señor en nuestra mesa humilde y pasamos a la otra donde nos sentamos con Él en su trono. Dejamos una simple mesa para un glorioso trono. Resulta ser el trono del universo desde donde el Señor Jesús reina en majestad juntamente con su Padre: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”. Hemos llegado a conocer muy bien al Señor en estas cenas compartidas en la mesa, y ahora nos invita a reinar con Él en su trono, participando en el gobierno de su reino. No tenemos mucha información acerca de cómo será esto, pero sí sabemos que la mesa es la preparación para el trono. El Señor se sentó con sus discípulos en la mesa en la última cena, y después subió para el trono del Padre. Él también dejó la mesa para el trono.
Lo único que podemos hacer después de leer esta promesa es orar. Padre mío, dame una sensibilidad aguda a la voz del Señor Jesús cada vez que llame a la puerta de mi corazón y que sea rápida para abrirla, con la mesa preparada y dos sillas puestas para disfrutar de un tiempo más de hermosa comunión con Él. Amén.
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