¿CÓMO ES JESÚS?

“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Isaías 11:1, 2).
 
Lectura: Is. 11:1-5.
 
            El árbol genealógico de Isaí parecía que no iba a dar más reyes a Israel. Parecía que se había secado cuando, he aquí, ¡sale un rebrote!, el más magnífico de todos los reyes. Nacería el mayor de los descendientes de David, en la ciudad de David, “y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:33).
 
            Por medio de su unción por el Espíritu tendría las cualidades que le harían el Rey perfecto: “reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”. ¡Cuántas capacidades!, y todas ellas procedentes del Espíritu Santo. Sería más sabio e inteligente que Salomón; más poderoso que Sansón, más capaz de aconsejar que todos los consejeros que servían en las cortes reales, conocería lo más profundo de Dios y del hombre, y tendría el temor de Jehová que le movería a llevar a cabo la voluntad de Dios, sin desviarse nunca de la meta. El rey profetizado sería sabio, inteligente, de buen consejo, poderoso, conocedor de todo y dependiente de Dios en todo momento.
 
            “Él se deleitará en obedecer al Señor”; no juzgará por las apariencias ni tomará decisiones basadas en rumores” (11:3, NTV).  La RV60 lo vierte: “Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, no argüirá por lo que oigan sus oídos”. El Señor Jesús es el reflejo perfecto de lo que fue profetizado de Él. Era su deleite hacer la voluntad del Padre. Temía a Dios y Dios lo capacitaba. El autor de Hebreos recoge la profecía: “Por lo cual, entrando en el mundo (Jesús) dice: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”. Y la voluntad de Dios para él fue la cruz. Vino para llevar a cabo a rajatabla el plan de Dios para el Mesías en el temor a Dios que inspiró su obediencia, como sale dos veces en esta breve, pero completa, profecía.
 
El juicio del Mesías sería correcto. Tendría discernimiento para ver la verdad en las decisiones que tendría que tomar en cuanto a las personas. No sería engañado por apariencias, “sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra… y con el espíritu de sus labios matará al impío” (11:4). Sería compasivo, pero justo, con los pobres, y defendería la causa de los mansos. La palabra de su boca juzgaría al impío. “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura” (11:5). No todos los pobres son rectos, ni todos los ricos orgullosos y duros de corazón. El Rey distinguiría cómo es cada uno y los juzgaría con justicia. Sería fiel a los que realmente temen a Dios y hacen su voluntad.
 
La clave del ministerio de Jesús fue la unción del Espíritu por medio del cual recibió sabiduría, inteligencia, sano juicio, poder, conocimiento y temor a Dios. Esto se reflejó en su carácter que se describe con solo dos palabras: justicia y fidelidad. Este es nuestro Salvador, profetizado con una hermosa vida y un hermoso carácter, tal como es.

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