“Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará. He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:3, 4).
Hebreos lo vierte así: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, no tardará, mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Heb. 10:37, 38).
Habacuc vivía por fe en las promesas de Dios. Creía que Dios había prometido a Abraham y a su descendencia una patria y una ciudad (Heb. 11:10, 14, 16) y creía que Jerusalén lo era. Pero Dios acaba de decirle que la ciudad iba a ser destruida. Habacuc había tenido la fe para creer que Dios podría librarlos de Babilonia. Ahora debería tener la fe para creer que Israel volvería de la cautividad y que Jerusalén sería reedificada, y que Dios finalmente haría santo a su pueblo. ¡Dios estaba estirando su fe! Otros profetas como Jeremías y Ezequiel habían hablado acerca del futuro bendecido de Israel, y lo creían. La fe es en Dios y en su Palabra.
Cuando Dios le comunicó el desastre que vendría, le dijo que tendría que vivir por fe, y si no, si volviese atrás, no se agradaría de él: “y si retrocediere, no agradará a mi alma”, a saber, si dejase de vivir por fe, que Dios lo rechazaría. “Agradar a Dios” significa serle aceptable. Si tú no vives por fe, Dios no se agrada de ti. No importa si en el pasado has profesado fe, si no continúas en la fe, no eres salvo. Porque el justo vivirá por fe todos los días de su vida, no solamente el día de su conversión. Si se aparta de la fe en Dios, se pierde. Lógicamente. La fe salva, y la falta de fe condena. No es fe en las doctrinas bíblicas lo que salva, sino mucho más que esto, es fe en Dios, fe en un Dios vivo que habla y actúa.
Tú dices, espera un momento, ¿cómo dices que Dios le dijo esto a Habacuc?, porque nuestro texto de Hab. 2:4 dice algo muy diferente. Buena pregunta. Resulta que el autor del libro de Hebreos cita Hab. 2:3,4 de la versión del Antiguo Testamento que se llama la Septuaginta (200 a. C.), y no del texto masorético (700 d. C.) establecido por judíos que habían rechazado a Cristo. El texto dice: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, no tardará, mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Heb. 10:37, 38). Este es un tema fascinante para los que quieren meterse en cuestiones de traducción, pero lo evidente es que el Espíritu Santo que inspiró el libro de Hebreos citó de la Septuaginta. Lo que sacamos de todo esto es que las palabras de Dios al profeta eran las de Heb. 10:37, 38, no las de Hab. 2:3, 4 en el texto hebreo (RV60). Dios le estaba avisando que ¡ay de él si no continuaba viviendo por fe! ¡Esto espabila a cualquiera! Y asombrosamente, ¡también le estaba diciendo que dentro de poco vendría Cristo!, el que resuelve todo. Esto es lo que el autor de Hebreos está diciendo con este texto. ¡¡¡Lo usa como profecía de Cristo!!! Aquí en la hora negra de Israel, cuando venía un juicio tremendo, ¡Dios está hablando de la venida de su Hijo! ¡Esto es enorme! Israel no será exterminado, aún tiene que venir el Mesías quien realmente establecerá a Jerusalén como alabanza en toda la tierra. Selah. ¿Hay algo más animador que Dios pudiese haberle dicho a su atribulado siervo? ¿Habacuc lo entendió? No, ¡pero Dios sí! Habacuc entendió que finalmente Dios salvará a Israel y eso era suficiente. Lo demás consistía en vivir por fe.
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