MENSAJE DE ENTIERRO

“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).
 
Lectura: Lucas 23:39-43.
 
Pocos mensajes pueden dar más consuelo que lo que dijo Jesús al hombre que moría a su lado: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
 
Jesús estaba contestando a lo que le dijo este hombre: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (23:42). Esta venida en su reino iba a ser dentro de mucho tiempo, dos mil años hasta la fecha. Jesús no le contestó: “cuando venga la segunda vez”, sino: “hoy”Hoy estarás conmigo en el paraíso”. El hombre no tuvo que esperar hasta la segunda venida de Jesús para estar con él en el paraíso. Iba a ser el mismo día de su muerte. Iba a cerrar sus ojos en la muerte y abrirlos en el paraíso con Jesús.
 
Evidentemente se refiere a un paraíso literal. Jesús no iba a resucitar en forma de espíritu, y el hombre tampoco. No es que Jesús fuera a estar corporalmente presente y el hombre espiritualmente presente. El paraíso no iba a ser un lugar espiritual, sino literal, como el primer paraíso (Gen. 2:7-9 y 15). Iba a tener tierra fértil, ríos, árboles y flores reales que emitían sus perfumes deliciosos detectables por el olfato de personas con cuerpos de carne y hueso.
 
Nosotros no alcanzamos a entender la cronología de lo que pasa en la eternidad; sabemos que la eternidad no es lo mismo que el tiempo. No hay un “primero pasará esto y luego aquello”, porque las palabras “antes” y “después” son palabras del tiempo. Dios creó el tiempo y Dios pondrá fin al tiempo de este planeta, pero siempre ha existido la eternidad. Cuando alguien sale de este mundo, entra en la eternidad donde todo es un eterno presente, como Dios lo es.
 
Dejemos lo que está fuera de nuestro entendimiento y sigamos con lo que sí está claro. Jesús le dijo al hombre algo comprensible: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este paraíso es el reino de Dios. El hombre habló del “reino de Jesús” y Jesús contestó hablando del “paraíso”, que es lo mismo. Hay muchas palabras para denotar el reino: el cielo, la nueva Jerusalén, la casa de mi Padre, la ciudad santa, nuevos cielos y nueva tierra, y el paraíso.
 
Jesús pronunció estas palabras desde la cruz, el árbol de la vida. Es el árbol de la vida eterna para nosotros, el madero, donde nuestros pecados están perdonados para que podamos vivir eternamente y “comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Apoc. 2:7 y 22:1, 2). La cruz fue el árbol de la muerte para Jesús para que pudiese ser el árbol de la vida para nosotros. El que cree esto es salvo, y el día que cierra sus ojos en la muerte los abrirá en el paraíso de Dios con Jesús. Tú te mueres y no vas a un cielo de nubes, sino a un paraíso. El Señor te dice a ti lo que dijo a este otro hombre en su lecho de muerte: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Si todavía eres consciente antes de morir, dices a los que están alrededor de tu cama, “Hoy estaré con Jesús en el paraíso”. Será el mayor consuelo que les puedes dar, y dará gozo inefable a tu corazón también.     

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