“Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron… que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días (Lucas 1:71, 74, 75).
Lectura: Lucas 1:67-75.
Al escribir estas letras en seguida me vienen a la mente los muchos cristianos que sirven a Dios con mucho temor bajo amenaza de muerte en países musulmanes. Nunca saben cuando la muerte se les presentará. De un momento a otro puede presentarse una airada turba buscando su sangre por haber abandonado el islam en favor del cristianismo. Interrumpen en el pueblo destruyendo los hogares o las iglesias, matando a los creyentes indiscriminadamente y prenden fuego a sus bienes. Muchos pasan años escondiéndose de sus familiares para que no los maten por haberlos avergonzado al renunciar al islam. Temen por sus vidas. Las madres cristianas ven salir a sus hijos por el colegio cada día sin saber si los verán volver por la tarde. Otros están encarcelados y viven bajo el temor de la próxima sesión de tortura. De todos ellos el apóstol dice: “Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos” (Heb. 13:3).
Esta profecía no puede referirse al temor por nuestras vidas, porque millones de nuestros hermanos tienen buen motivo para temer a que los maten. Jesús no vino para librarnos de nuestros enemigos políticos, o religiosos, sino para librarnos de poder de nuestros enemigos espirituales. Vino para librarnos de la esclavitud a nuestra carne, del poder del pecado, de la tiranía del diablo, y de la siniestra atracción del mundo. Jesús dijo: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).
El propósito de esta liberación es para que “le servamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días”. Jesús murió por nosotros para que pudiésemos servir a Dios en santidad y justicia. Claro, no podemos vivir en santidad y justicia si somos arrastrados por los deseos de nuestra carne, ni si estamos viviendo en el pecado y no podemos librarnos de él, o si estamos bajo el poder del diablo, o bajo el poder de la atracción del mundo. Jesús nos ha librado para hacer posible una vida de santidad y justicia. Si no la estamos haciendo, algo falla. Si estamos atrapados en la mentira, en la inmoralidad, en el robo, en el ocultismo, en el consumo de lo dañino, en la codicia del dinero, en la búsqueda de placeres, en la rebeldía a los padres, en el odio, la violencia, en el desamor, no estoy libre.
Todas estas cosas forman parte de mi vieja vida y tienen que estar crucificadas con Cristo. La liberación toma lugar en la cruz donde estoy crucificado juntamente con Cristo. Si me encuentro atado a estas cosas, he de volver a la Cruz, confesar, renunciar y morir a la cosa que me tiene atrapado, y resucitar con Cristo para vivir una nueva vida en santidad y justicia en el poder del Espíritu Santo. “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gal. 5:24). “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal 6:14). “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20). Esta es la puerta a una vida de santidad y justicia.
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