“En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mi fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fue librado de la boca del león” (2 Timoteo 4:16, 17).
Lectura: 2 Tim. 4:16-18.
“Así fue librado de la boca del león”.
Pablo escribe este testimonio al final de su vida, en prisión, esperando su juicio de parte del imperio romano. Lo que el diablo tuvo en mente fue destruir el testimonio del apóstol al final de su vida por conseguir que negara a Jesús en su juicio. El apóstol tuvo que presentarse delante de todos los oficiales del imperio romano para defenderse de sus acusaciones, pero no se defendió, sino que aprovechó de la oportunidad para proclamar el mensaje de salvación por medio de la fe en Cristo para que todos los gentiles pudiesen oír el evangelio. Fue una oportunidad única y la aprovechó. Y luego dice: “Así fue librado de la boca del león”.
El gobierno romano nunca tuvo la intención de mandar a Pablo a los leones porque era ciudadano romano. Esta clase de muerte estaba reservada para los que no eran romanos. El texto no está hablando del león de la arena, sino del león rugiente que busca a quien devorar, a nuestro adversario el diablo. Él es el león en cuestión, y la salvación en cuestión no consistía en liberación de la muerte sino en no dejar que el diablo venciese. Para ello necesitaba recibir el fortalecimiento de Jesús para defender el evangelio en lugar de defenderse a sí mismo, y esto es lo que Pablo hizo. Así no cayó en la trampa del diablo, sino que le derrocó; frustró su propósito y fue a la muerte habiendo cumplido el ministerio que el Señor Jesús le encomendó, a saber, predicar el evangelio a los gentiles. Pablo lo llevó a los poderes que gobernaban el imperio romano.
Procede a decir que “el Señor le librará de toda obra mala, y le preservará para su reino celestial”. ¿Qué fue la obra mala? El de negar al Señor Jesús. El Señor le rescató de aquel mal, y lo salvó por medio de la muerte para su reino eterno. Y así termina la vida de uno de los hombres más grandes que jamás ha vivido, del cual el mundo no era digno. Es uno de los que figura en esta lista: “Mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puesto a prueba, muertos a filo de espada… pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno… Y todos estos alcanzaron buen testimonio mediante la fe” (Heb. 11:35-39).
Inventario personal:
- ¿Cómo va mi testimonio delante del mundo hostil al evangelio?
- ¿Qué plan tiene el diablo para destruir mi testimonio?
- ¿Cómo tengo que proceder para vencer?
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MÉDICO DE MI ALMA
“Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó; de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel” Mateo 15:30, 31).
Lectura: Mateo 15:28-31.
1 Médico de mi alma enferma por el pecado,
a ti traigo mi caso;
controla mi furiosa enfermedad
y cúrame con tu gracia.
2 Ten compasión de la angustia que sufro,
mira cómo me lamento y me aflijo,
porque nunca puedo esperar una cura
de otra mano que no sea la tuya.
3 Quisiera revelarte toda mi queja,
pero ¿por dónde empezar?
Ninguna palabra mía puede describir por completo
esa peor enfermedad: el pecado.
4 No reside en una sola parte,
sino que por todo mi cuerpo se extiende
una fiebre ardiente en mi corazón,
una parálisis en mi cabeza.
5 Me deja sordo, mudo y ciego,
impotente y cojo,
y nubla y llena mi mente,
de necedad, de temor y de vergüenza.
6 Mil malos pensamientos se introducen,
tumultuosos en mi pecho,
que me indisponen para mi alimento
y me roban mi descanso.
7 Señor, estoy enfermo; atiende a mi clamor
y libera mi espíritu.
Dime: ¿puedes dejar morir a un pecador
que anhela vivir para ti?
John Newton, 1725-1807
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