“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mat. 18:21, 22).
Lectura: Job: 42:7-9.
Ejemplos bíblicos de reconciliaciones de relaciones rotas por ofensas:
Job y sus tres amigos.
Los tres amigos de Job habían acusado a Job de ser el responsable de su desgracia, incrementando su dolor en medio de su sufrimiento. Habían malinterpretado el carácter de Dios, y Dios estaba airado con ellos. Les mandó le que pidiesen a Job que este ofreciese sacrificio para quitar su pecado de ellos, y Job lo hizo. Intercedió al altar por los que le habían hecho sufrir, y Dios escuchó la oración de Job y perdonó el pecado de sus amigos: “Fueron pues, Elifaz temanita, Bildad suhita y Zofar naamatita, e hicieron como Jehová les dijo; y Jehová aceptó la oración de Job. Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos”. (Job 42:9, 10). Esta última frase es todo un sermón: cuando Job oró por sus amigos se sanó él. El amor a los amigos a pesar de su torpeza ofensiva, y el buscar la restauración de la relación de ellos con Dios condujo a la sanidad de la enfermedad de Job y a una nueva vida para él bajo la bendición de Dios.
José y sus hermanos.
José perdonó a sus hermanos muchos años antes de volver a verlos. La prueba es que lloró profusamente cuando comprobó que realmente estaban arrepentidos, porque los amaba de verdad. Cuando ellos aún no creían que los había perdonado, lloró, y cuando, , tuvieron miedo de represalias y, postrados delante de él, ofrecieron ser sus esclavos, les dijo: “No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?” (Gen. 50:19). Se reconcilió con ellos con estas palabras conmovedoras: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (50:20). Vio la mano de Dios en toda su relación rota con sus hermanos y el sufrimiento consecuente, y pudo consolar a los que tanto daño le habían hecho. Todo había servido para bien en la providencia de Dios.
Jesús y Pedro.
Pedro ofendió a Jesús repetidas veces: cuando dijo a Jesús que no fuera a la cruz (Mat. 16:22, 23), cuando contradijo a Jesús y dijo que no le negaría (Mat. 26:35), y finalmente cuando lo negó tres veces (Mat. 26:75). Cuando lo hizo se quebrantó y lloró amargamente. Después de que Jesús resucitara, el ángel de la tumba les dijo a las mujeres: “Id, decid a sus discípulos y a Pedro…” (Marcos 16:7). Jesús estaba preparando el terreno para una reconciliación con Pedro quien pensaba que su relación con Jesús se había acabado. Había vuelto a su vieja vida de pescador, y no pudo pescar nada. Jesús le llevó aparte para restituir la relación con su desanimado amigo con la pregunta: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Juan 21:15), refiriéndose a Pedro con el nombre de su viejo nacimiento, no con el nombre que Él le había dado como discípulo suyo. No le recriminó lo que había hecho. No le preguntó si estaba arrepentido, porque sabía que sí. Solo quería saber una cosa: si lo amaba. Pedro no pudo jactarse de su amor por Él después de haberlo negado, así que le contestó con toda humildad, que sí, que lo quería, y eso era suficiente para restaurar la relación. La reconciliación estaba efectuada y la confianza restaurada. Jesús ya lo llamó de nuevo, esta vez a pastorear su rebaño.
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