“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).
Lectura: 1 Pedro 2:20-24.
El ejemplo de Cristo cuando Él fue maltratado
Cuando nosotros sufrimos insultos, malos tratos, abusos, ofensas, injusticias, cuando nos devuelven mal por bien, nuestra primera reacción puede ser una de retaliación, autodefensa, enfado, venganza, atacar al ofensor, hablar mal de él, sentir pena por nosotros mismos, culpar a Dios, o entrar en depresión. Hay toda una gama de reacciones que pueden salir de nuestra vieja carne lastimada, pero ninguna de ellas es la que Dios espera de un hijo suyo.
También hay feas reacciones internas que podemos abrigar cuando hemos sido heridos emocionalmente, como la de rechazar al otro y cortar la relación con él definitivamente, o tener resentimiento, amargura, o desear la muerte, dependiendo de nuestro temperamento. Nuestro amigo Pedro tenía un pronto notable. A veces atacaba a Jesús, a veces lo defendía agresivamente. ¡Cómo lo cambió Dios! El nuevo Pedro nos comenta la reacción de Jesús frente al mal que le hicieron como ejemplo a seguir: “Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues, para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:20-23). Jesús no devolvió maldición por maldición. Cuando padecía no amenazaba.
Lo que hizo fue encomendar su causa al que juzga justamente. Él fue juzgado cinco veces: ante el sumo sacerdote, ante el concilio judío, ante Pilato, ante Herodes y ante Pilato una segunda vez, y todos los juicios fueron injustos. En lugar de ir dándole vueltas a la cabeza acerca de cuánta injusticia sufría, lo que hizo fue encomendar su causa al que juzga justamente, esto es, a Dios. Esto se hace por medio de la oración. Uno conversa con Dios y comenta con Él la injusticia que sufre. Luego reafirmas que Dios es tu Juez, que el único veredicto que cuenta es el suyo, y que Él va a hacerte justicia. Por un acto de fe crees que la sentencia de Dios será justa y descansas en este conocimiento. Te armas de paciencia para esperar el día del juicio justo y te gozas en ello. Dejas las injusticias que sufres en sus manos para que Él haga lo que quiera con ellas. Dios será tu defensor.
Jesús, que podría haber fulminado a sus opositores, dejó su causa en manos de Dios dejándonos un ejemplo perfecto de cómo debemos actuar ante todas las injusticias humanas que vamos a sufrir. Él que tanto sufrió en manos de pecadores nos acompañará en todo lo que hemos de pasar nosotros y Su compañerismo en aquellos momentos será indescriptible.
Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.