“Fui su deleite de día en día” (Prov. 8:30).
Tuve unos gatitos en casa y me deleitaba viendo como jugaban. Era fascinante observarlos, porque eran encantadores. Subían y bajaban, corrían, se peleaban, se persiguieron el uno al otro, dormían arrimados el uno al otro, comían como leones; era un show continuo. Cualquiera que ha tenido semejante experiencia me entenderá. Me paré a pensar en el deleite que proporcionaban, y esto me llevó a un terreno mucho más alto, a pensar en el deleite que el Padre sentía al ver a su Hijo, cómo desarrollaba su vida delante del Él cada día.
El Padre miraba la vida de su Hijo desde el cielo y le encantaba todo lo que hacía. Veía cómo manejaba las situaciones que se presentaban, cómo trataba a la gente, cómo esquivaba la tentación, cómo dependía del Él en todo momento, cómo se levantaba de madrugada para buscar su rostro en oración. Veía la expresión de su amor por Él en todo lo que hacía, cómo su Hijo le honraba, cómo se gozaba al hacer su voluntad, cómo le daba la gloria en todo lo que hacía mediante su poder obrando en Él. Cuanto más le observaba, más encantado quedaba el Padre con Él. Dijo: “Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia”.
Estaba orgulloso de Él delante de los ángeles del cielo. Les podía decir: “Mira lo que ha hecho mi Hijo hoy”, y delante de los demonios del infierno pudo estar igualmente satisfecho. Estaba confiado en Él, que no caería en ninguno de sus tentaciones. A Satanás mismo pudo decirle: “¿No has considerado a mi Siervo Jesús, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8). El diablo fue a por Él con todas las armas del infierno, pero ningún arma forjada contra Él prosperó. El Padre le miraba desde el Cielo y su deleite en su Hijo fue infinito. El Padre le contemplaba en la prueba final, cuando apartó su presencia del Él en la espesa oscuridad de la Cruz y veía como su fe fue inquebrantable en la intensidad de la prueba más difícil que un hombre puede soportar; lo suyo fue una prueba inhumana, y Jesús la soportó. Nada pudo romper su confianza en el Padre y en su voluntad perfecta, aún en medio del aparente abandono.
Tanto fue el deleite del Padre en Él que le resucitó de entre los muertos, encantado con la perfección de su obra. Cuando le recibió en el alto Cielo le pudo decir, “Bien hecho, Siervo fiel, entra en el gozo de tu Señor”, y le dio un Nombre sobre todo nombre y mandó al cielo y al infierno y a toda criatura en la tierra doblar sus rodillas delante de Él y reconocer que Él es el Señor. Aleluya.
Nosotros nos deleitamos en Él, pero el deleite del Padre es infinitamente superior. Por toda la eternidad estará diciendo: “He aquí mi siervo, yo le sostuve; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento. Puse sobre Él mi Espíritu; Él trajo justicia a las naciones” (Is. 42:1). Adoradle todos los ángeles, ministros suyos, que hacéis su voluntad. Adoradle, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío. Mi alma te adora, Señor mío y Dios mío. (Salmo 103:21, 22).
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