AMOR MISERICORDIOSO

“Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3).
 
Lectura: Jeremías 31:1-10.
 
            El amor de Dios, si lo entendemos bien, nos tiene que dejar confundidos. ¿Cómo es posible que me ame a mí? Mi respuesta frente a tal derroche de amor no merecido tendría que ser igual a la de Pedro después de la pesca milagrosa: “Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí Señor, que soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él” (Lucas 5:8, 9), o de la respuesta de Isaías frente a la santidad de Dios: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6: 4). Cuando Dios nos revela su poder milagroso o la gloria de su santidad, nos vemos tan poca cosa y tan sucios que su presencia es casi dolorosa.
 
            Queremos hacer algo para merecer el amor de Dios. Queremos ganar su amor.
 
            Piensa en esto: “Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador: a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y Seba por ti. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré pues, hombres por ti, y naciones por tu vida. No temas, porque yo estoy contigo” (Is. 43:35). Cuando leemos del amor redentor de Dios en este texto pensamos: “¿Cómo es posible que Dios ame a Israel con lo mezquino y traidor que siempre ha sido?” Pero el texto va a por nosotros también. ¿A ti te ha dicho que a sus ojos eres de gran estima, que eres honorable y te ama? Ha dado la vida de su Hijo por ti. Lo ha hecho con la misma motivación con que ha redimido a Israel de sus enemigos, el amor. Este amor te ha traído redención eterna. 
           
Necesito esa gracia que brota de ti,
que vivifica todos los lugares por donde fluye,
y hace que una espina miserable, como yo,
Te agrade como el mirto o la rosa.

William Cowper, 1731-1800
 
El poeta escribió estas líneas acerca de la gracia de Dios que nos mira con ojos de amor y no ve nuestras deficiencias, ni la fealdad de nuestro pobre ser, sino la persona que seremos cuando Él haya terminado su obra en nosotros. Esto es amor, el mirar a la persona no tal como es, sino como será. Lo que tiene delante de sus ojos es una espina, pero ve un mirto o una rosa.
                                   
            Este es el Dios que tenemos, tal como dijo Jonás: “clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal” (Jonás 4:2). Nosotros nos miramos en el espejo y nos desanimamos viendo todos nuestros defectos, los rastros de nuestra vieja naturaleza, pero Dios nos mira a través de Cristo, y se deleita en esta persona que ha sido redimida por su Hijo. Así es el amor de Dios.

Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.