YOM KIPPUR, EL DÍA DE LA EXPIACIÓN (3)

  

“Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel. Y hará traer Aarón el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Jehová, y lo ofrecerá en expiación. Mas el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Jehová para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto” (Levítico 16:8-10).

Lectura personal: Mateo 5:17-19; Levítico 16.

  1. ¿Existe ahora un Lugar Santísimo? ¿Cómo nos acercamos nosotros al Lugar Santísimo?

Claro que existe. Todos los símbolos del Tabernáculo representan realidades espirituales eternas (Heb. 10:1). “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Heb. 10:22).

  1. ¿Qué necesitamos hacer para entrar en la presencia de Dios?

Según el texto que acabamos de citar se necesita estar limpio por la sangre de Cristo, tener un corazón sincero, una fe segura y firme, y el corazón purificado y el cuerpo limpio, esto es, estar puro por dentro y por fuera sin que la conciencia nos acuse de nada. Se necesita tener al Señor Jesucristo como nuestro Sacerdote, y, por la fe en Él y por medio de la obra realizada en la cruz a favor de uno mismo, acercarnos por fe a la mismísima presencia de Dios en el Cielo.

  1. ¿Con qué frecuencia podemos entrar? (Marcos 15:37-38).

Cuando Jesús murió en la Cruz, en este mismo momento, el “velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”, abriendo el camino a la presencia de Dios para todos los que vienen por medio de su cuerpo partido para darnos acceso a Dios. Desde aquel entonces el acceso ha permanecido abierto día y noche todos los días hasta el día en que entremos físicamente con nuestros cuerpos glorificados para vivir en su presencia para siempre.

El incienso que acompaña nuestras oraciones al entrar en la presencia de Dios viene dado por Dios mismo: “Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que está delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos” (Apoc. 8:3, 4).

Siempre necesitamos la ayuda de Dios y siempre tenemos abierta la entrada a su presencia para orar y recibir toda la ayuda que nos hace falta. Nuestro Sacerdote intercede por nosotros; Dios nos da el incienso para hacer agradables nuestras oraciones delante de Él, y suben delante de Él con su beneplácito y son perfeccionadas y contestadas para nuestro socorro según su mejor voluntad para asegurarnos la victoria en todos los conflictos de la vida. Este es el resultado de la Cruz: nuestra salvación y nuestra victoria. Alabado sea Dios para siempre. Amén.   

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