TROPIEZOS

  

“Imposible es que no vengan tropiezos” (Lucas 17:1).
 
Lectura: Lucas 17:1-4.
 
            Jesús empieza esta amonestación diciendo que siempre habrá tropiezos. Podemos definir tropiezos como ofensas en las que algo que hacemos o decimos a un creyente nuevo, o inmaduro en la fe, o a un niño, los provoca a dudar de Dios. Debemos tener mucho cuidado especialmente con estas personas débiles para dar un testimonio consecuente con nuestra fe. No queremos que nuestro comportamiento los lleve a decir: “Pues, si esto es un creyente, no quiero serlo”. O: “No quiero saber nada de la iglesia si esto es lo que ocurre en ella”. O: “Me parece que los cristianos tienen prejuicios. No quiero ser uno de ellos”. Si causamos esta clase de reacciones, el Señor nos dice: “Ay de aquel por quien vienen (los tropiezos). Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos” (17:1, 2). Mas vale morir que causar que una persona pierda su fe. Así que, debemos tener mucho cuidado de no causar una mala impresión de lo que es un creyente por nuestro comportamiento.
 
            Hay dos cosas a las que tenemos que atender si somos creyentes: la primera es: no causar que nadie se aparte de Dios por nuestro testimonio, y la segunda es esta: reprender a la persona que peca contra nosotros: “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele” (17:3). Esto nos cuesta mucho. La tendencia de la mayoría de nosotros es a no decir nada, a dejarlo pasar, o a decirlo a otra persona para que se ponga de nuestra parte en cuanto a esta otra persona que ha pecado. Esto es lo peor que podemos hacer, porque afecta la relación de esta persona con la que nos ha ofendido. Debemos tener la valentía de confrontar a la persona que ha pecado contra nosotros. El Señor quiere que cuidemos de la relación de la otra persona con Dios y de la nuestra con ella.
 
            Nuestra motivación al reprender a la persona que ha pecado contra nosotros es reparar la relación. ¡No nos mueve el deseo de hacerle daño o vengarnos! “Y si se arrepintiere, perdónale” (17:3). Tenemos que perdonarla si se arrepiente, no guardar rencor, o rechazarla, o esquivarla. Si esta persona tiene la tendencia de ofendernos, pero siempre se arrepiente, hemos de perdonarla cada vez. Lo que no debemos hacer es cortar la relación. Esto es un desafío para nosotros como creyentes. ¿Vamos a obedecer esta amonestación del Señor, o vamos a guardar rencor y causar problemas para esta otra persona? Requiere fe de nuestra parte, fe en que el Señor vaya a tomar nota de nuestra obediencia y ayudarnos, fe en que vaya a servir para bien. Por eso los discípulos, al oírlo, dijeron al Señor, “Auméntanos la fe”. ¡Nosotros pedimos lo mismo! La fe se manifiesta en la obediencia.  

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