SED AGRADECIDOS

  

“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” (Lucas 17:11-13).
 
Lectura: Lucas 17:11-19.
 
            Esta pequeña historia tiene mucho que enseñarnos. Jesús iba a Jerusalén, un viaje que podía durar unos cuantos días, y de camino pasó por una aldea entre Samaria y Galilea cuando salieron a su encuentro un grupo de leprosos de las dos regiones. Se ve que el sufrimiento une, porque los judíos normalmente no se asociaban con los samaritanos. Por amor a alguien que pueda preguntar qué es un samaritano explicamos algo de su origen. Cuando Babilonia conquistó al reino del Sur, a Judá, la mayoría de la población murió. De los que sobrevivieron, unos miles de los más robustos fueron llevados cautivos a Babilonia dejando el país despoblado. Solo se habían quedado los más pobres y débiles, incapaces de hacer el viaje. Los babilonios importaron gente de otros países que habían conquistado para repoblar Judá. Éstos se casaron con los pobres que habían quedado formando una nueva raza, la mitad judía y la mitad gentil. Esta raza fue rechazada por los judíos que volvieron de la cautividad por no ser judíos auténticos.
 
            Volvemos a nuestros leprosos. Clamaron con fe a Jesús pidiendo sanidad. Lo llamarón “Maestro”, porque no sabían que también era el Señor. Jesús les mandó ir a mostrarse a los sacerdotes porque ellos tenían la autoridad de reconocerlos como sanados y de reinsertarlos en la sociedad. “Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados”. Solo uno del grupo volvió a Jesús agradecido para para glorificar a Dios por el milagro de sanidad que había recibido. Los otros nueve siguieron por su camino. El agradecido era samaritano. Vemos que la sanidad se efectuó por la fe. Para mostrarse sanados, tenían que entrar en una población, cosa que estaba prohibida para leprosos. Antes de ser sanados ellos creyeron que cuando llegaran a la ciudad ya estarían sanados. Mostraron su fe por medio de la obediencia, como siempre se muestra la fe auténtica. Las dos cosas son inseparables. Vemos también que la fe que conduce a la salvación es para judíos, samaritanos y gentiles. Siempre es la fe la que salva, y la fe siempre se demuestra por la obediencia.
 
            Este samaritano mostró su gratitud volviendo a Jesús, “glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias”. Jesús no recibió la gloria por la sanidad, sino que le dio la gloria a Dios. No actuó como muchos de hoy que buscan su propia gloria. Jesús hizo el milagro, pero le dio la gloria a Dios quien lo capacitó para sanar. ¿Y qué le pasó a este hombre después?  Jesús le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. ¿A dónde tenía que ir el hombre? ¿Se quedó con Él para ir juntos? Habría sido una oportunidad para pasar unos días con Él, escuchándolo, llegando a conocerlo, comprendiendo más acerca de la salvación que Él vino a dar. Lo que sí sabemos es que la gratitud siempre nos lleva a Jesús. Cambia nuestra actitud, glorifica a Dios, y nos introduce en un ambiente espiritual que nos acerca a Dios. Cuando estamos agradecidos nos sentimos bendecidos, Dios es glorificado y nuestro espíritu es elevado. ¡Pruébalo!  

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