“Entonces envió Joab a mensajeros a David, diciendo: Yo he puesto sitio a Rabá, y he tomado la ciudad de las aguas. Reúne, pues ahora al pueblo que queda, y acampa contra la ciudad y tómala, no sea que tome yo la ciudad y sea llamada de mi nombre” (2 Samuel 12:27, 28).
Lectura: 2 Samuel 12:26-31.
David oró pidiendo la sanidad del niño a pesar de que Dios había dicho que el niño ciertamente moriría, porque David conocía la misericordia del Señor y no descartó la posibilidad de que su oración cambiase lo que Dios había anunciado. Ya entramos en un terreno muy complicado. Dios a veces cede a las peticiones del hombre, aunque haya anunciado lo contrario, como en el caso de Ezequías (2 Reyes 20:1-5). Cuando sabemos cuál es la voluntad de Dios podemos orar confiadamente que se haga. Cuando no la sabemos, pedimos lo que pensamos que glorificaría su Nombre, pero siempre que su voluntad se haga: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mat. 6:10). K. P. Yohannan, fundador de Gospel For Asia, escribe: “Dios en su soberanía ha determinado colocarse bajo la ley de la oración obligándose a contestar a las oraciones de los hombres. Ha determinado usar la oración como medio de hacer las cosas que piden los hombres, cosas que de otra manera no haría. Si la oración mueve a Dios a obrar en la tierra, entonces, por la misma regla, la falta de oración excluye a Dios de los asuntos de este mundo y no le permite obrar”. Santiago dice: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Sant. 4:2). (Considerar también Ez. 22:30). Esto nos anima a orar. La idea de que Dios hará lo que tiene determinado, si oro o no, quita todo motivo para orar. Nosotros oramos y dejamos el resultado a Dios. Él decide cómo contestar a nuestras oraciones.
David oró, el niño murió, y David lo aceptó. Dijo: “Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (12:22, 23).
A continuación, nos dice que Joab peleaba contra Rabá (12:26) y tomó la ciudad real, pero David todavía estaba en el palacio donde había estado desde que empezó este período de guerras. Recordaremos que se había quedado en Jerusalén a descansar mandando a Joab contra Rabá (11:1), quedándose vulnerable a la tentación en la cual cayó. Ahora había pasado suficiente tiempo como para que muriera el primer niño y naciera el segundo. Ya basta de detenerse en casa; es hora de volver a la guerra donde debería de haber estado todo el tiempo. Así que Joab le manda a David a levantarse e ir a tomar Rabá, porque si no, Joab sería reconocido como el campeón de Israel y no David.
La iniciativa contra la tristeza y el desánimo que siguen al pecado es dejar el pasado confesado y perdonado en manos de Dios y levantarnos a hacer la próxima cosa. Oswald Chambers lo pone así: “Deja el pasado irreparable con Dios y sal al futuro irresistible con Él”. David se levantó, pues, y tomó la ciudad. Volvió a su responsabilidad y Dios le dio la victoria (12:29). Si has fracasado, no te quedes en la cama lamentando el pasado; levántate y haz lo que Dios te pide, y Él te dará la victoria.
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