“Aconteció después de esto, que teniendo Absalón hijo de David una hermana hermosa que se llamaba Tamar, se enamoró de ella Amnón hijo de David” (2 Samuel 13:1).
Lectura: 2 Samuel 13:1-19.
Acabamos de terminar una historia sórdida y ahora empieza otra. Dios había dicho que, como consecuencia del pecado de David con Betsabé, levantaría el mal sobre él de su misma casa y aquí lo tenemos. Este relato es toda una lección acerca de la diferencia entre enamorarse y amar. Si Amnón hubiese amado a Tamar, habría buscado su bien, no la satisfacción inmediata de sus propios deseos carnales a expensas de ella.
Pues lo que pasó fue lo siguiente: “Amnón estaba angustiado hasta enfermarse por Tamar” y se lo contó a un amigo perverso suyo llamado Jonadab quien tramó un plan para que la pudiese violar. Amnón se tenía que fingir enfermo y David le mandaría a Tamar a llevarle la comida a la cama. Así fue. Él mandó salir a todos los siervos de la casa. Cuando ella le trajo la comida se asió de ella y le dijo que se acostase con él. Ella le suplicó: “No, hermano mío, no me hagas violencia; porque no se debe hacer así en Israel. No hagas tal vileza. Porque ¿adónde iría yo con mi deshonra? Y aun tú serías estimado como uno de los perversos en Israel. Te ruego pues, ahora, que hables al rey, que él no me negará a ti” (13:12, 13).
Su respuesta fue sabia, prudente y correcta. En Israel se hacía según la ley de Dios. Ella lo trató con respeto. Intentó razonar con él, pero no la escuchó. Pidió misericordia. Apeló a su reputación: “Si no te controlas por amor a mí, hazlo por amor a ti mismo”. Aun le dice que está dispuesta a casarse con él, que hable con su padre y pida su consentimiento, pero no la escuchó. Estaba determinado a satisfacer su deseo ¡ya! No le interesaba la proposición de matrimonio. No quería un compromiso para toda la vida. No quiso una relación estable de amor con ella, sino satisfacción inmediata. Siendo más fuerte que ella, “la forzó, y se acostó con ella” (13:14).
“Luego la aborreció Amnón con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: Levántate, y vete” (13:15). Sobran comentarios. El pecado es repugnante. Ha destrozado la vida de su hermana. Otra vez ella le suplicó: “No hay razón; mayor mal es este de arrojarme, que el que me has hecho. Mas él no la quiso oír” (13:16). Y él llamó a un criado suyo que la echara y que cerrase la puerta tras ella. La crueldad y maldad de este chico nos impresiona. Ella no es una de la calle. Es familia suya. Ella echó ceniza encima de su cabeza, rasgó su vestido, puso su mano sobre su cabeza y se fue gritando. El que escuchó sus gritos fue su hermano Absalón. La llevó a su casa y trató de consolarla. Ya la escena está preparada para el desastre que va a seguir.
Nuestra sociedad está impregnada del pecado sexual, obsesionada con el sexo, aprobando cualquier forma de satisfacción de los deseos más degradantes que desembocan en la ruina y destrucción de la persona que los practica y de sus pobres víctimas. ¿Por qué no escuchamos la patética voz de Tamar pidiendo que se hagan las cosas según la ley de Dios, que alza la dignidad del ser humano?
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