BETSABÉ (6)

  

“Y Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás, mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá” (2 Samuel 12:13, 14).
 
Lectura: 2 Samuel 12:11-25.
 
            El castigo de Dios a David por su pecado fue el sufrimiento que proporcionó la inmoralidad y la rebeldía de sus hijos, más la muerte de este hijo bastardo que acababa de nacer. Dios es temible. Él no tiene en poco nuestro pecado. La medida de su odio al pecado es la muerte de su propio Hijo. La muerte del hijo de David no pudo pagar por su pecado; costó la muerte del Hijo de Dios. El pecado de David era contra Urías, pero más aún, contra Dios, porque hizo que sus enemigos lo viesen en mala luz. Ellos podían criticarlo y decir: “Mira, qué Dios es este, que ni sus hijos respetan su palabra. Él es un desgraciado. ¡Fíjate qué hijos tiene!”. Si Dios no hubiese castigado a David tan duramente, habría sido injusto. Dios nos castiga porque nos ama: “Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos” (Heb. 12:8). Cuando confesamos nuestro pecado, las consecuencias permanecen. El resultado de confesar el pecado no es retroactivo. Urías no resucitó. Seguía estando muerto. Sufrimos las consecuencias de lo que hemos hecho, pero éstas no pagan por nuestro pecado. El pago lo llevó el Señor Jesús.
 
            Cuando Dios dijo a David que su hijo moriría, David hizo oración y ayuno a favor del niño, para que Dios lo sanase, pero siete días más tarde el niño murió. Estos siete días eran necesarios para David, para pensar en lo que había hecho, para crecer en temor a Dios, para profundizar en su arrepentimiento y para reflexionar en las consecuencias de su pecado. Él no era el único que sufría. Betsabé también había pecado y también sufría. Había sufrido la muerte de su marido que era un hombre honorable y, sin duda alguna, un buen marido para ella, y ahora iba a sufrir la muerte de su hijo. Aprendió mucho acerca de Dios en esta experiencia. Los expertos piensan que ella era extranjera. No conocería al Dios de Israel, ni sus leyes. Ahora estaba aprendiendo a marcha forzada. Esta mujer iba a ser una de las antepasadas del Señor Jesús, y Dios la estaba disciplinando. 
 
            Algunos pensarían que Dios es muy duro. Si no lo conoces, puedes pensar esto. Es muy exigente en lo que requiere de sus hijos. Mira cómo trató al Suyo Propio. Y no nos exime de los requisitos de ser sus hijos. La disciplina es muy fuerte porque está formando el carácter de su Hijo en nosotros, para que tengamos el parecido familiar. Medita mucho en Hebreos 12:5-11 y comprenderás mucho mejor los tratos del Señor contigo. Nos está preparando para una herencia gloriosa. Tenemos que estar a la altura de lo que esperará de nosotros en la otra vida. Tenlo por cierto que “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). Y ánimo, nos falta poco, y ya estaremos con el Señor.
 
            “Y consoló David a Betsabé su mujer, y llegándose a ella durmió con ella; y ella le dio a luz un hijo, y llamó su nombre Salomón, al cual amó Jehová” (12:24).

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