LA AYUDA SOCIAL EN LA IGLESIA PRIMITIVA (1) 

  

«Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno» (Hechos 2:44).
 
La ayuda social es un tema muy actual, tanto en la sociedad, como en nuestras iglesias. Los medios de comunicación nos mantienen al corriente de desastres naturales: terremotos, inundaciones, incendios, y de las tragedias ocasionadas por la guerra y la política por todos los países del mundo. Vemos convoyes de camiones llevando comida y medicamentos a las víctimas. Sin ir tan lejos, nuestras ciudades grandes están llenas de gente necesitada: emigrantes de países pobres, gente sin trabajo, jóvenes en la droga, delincuentes, etc. ¿Dónde empieza y dónde termina nuestra responsabilidad hacia ellos?
 
Lo que vemos en las Escrituras es que nuestra primera responsabilidad es hacia los de casa, y después, si aún nos sobra, podemos atender a las necesidades de la sociedad y del mundo entero, hasta donde lleguen nuestros recursos. El Señor Jesús tenía la costumbre de dar limosnas a los pobres (Juan 13:29). Su primera prioridad era atender a los de casa, de Israel, y después a los gentiles (Marcos 7:26-28). Nos enseñó que debemos atender a las necesidades de nuestros hermanos: “Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mat. 25:40). «Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?” (Santiago 2:15, 16).
 
Los miembros de la iglesia primitiva compartían sus bienes. Esto no quiere decir que nadie tuviese bienes, sino que cada uno compartía lo que tenía; no lo consideraba suyo exclusivamente, sino del Señor, y suyo para administrarlo para Él: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos 4:32). El resultado era “que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4:34, 35).
 
Los primeros cristianos recogían ofrendas para otros creyentes necesitados en ciudades lejanas (Romanos 15:26; 1 Cor. 16:1-4).
 
En términos prácticos, esto quiere decir que lo nuestro es para administrarlo para el Señor como buenos mayordomos que un día daremos cuenta de cómo lo hemos usado para su reino y de cómo hemos atendido a nuestros hermanos. 
 
La ayuda social hacia los de fuera es muy importante y aprobamos todo cuanto se haga para ayudar a países en crisis o a gente necesitada de nuestras grandes ciudades, pero no es la primera prioridad de la iglesia. Los del mundo pueden atender a los del mundo, pero sólo los creyentes podemos predicar el evangelio, que, por cierto, resuelve más problemas sociales que la ayuda monetaria.  Nuestras prioridades económicas, entonces, van en este orden:
1. Atender a nuestra familia.
2. Atender a los necesitados de nuestra iglesia local.
3. Atender a los creyentes de otras localidades.
4. Atender a los necesitados del mundo.
 
Que el Señor nos dé mucha sabiduría para administrar bien los recursos que nos ha dado.

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