PROFETA, SACERDOTE Y REY

  

 “Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él” (Lucas 23:27).
 
Lectura: Lucas 23:26-31.
 
            En la lectura de hoy irrumpimos en la historia de los últimos días de la vida de Jesús, concretamente en su actuación en lo que se suele llamar “La Vía Dolorosa”. Las mujeres de Jerusalén al verle pasar llevando su cruz, mal herido por los terribles latigazos que había recibido, lloraron e hicieron lamentación por Él. Jesús, en lugar de estar absorto por lo que le esperaba, puso su atención en ellas y lo que les esperaba a las mujeres en particular con la caída de Jerusalén: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí que vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos” ((328-30).
 
            No había nada egoísta en Jesús. En estos momentos de terrible dolor, debilidad física, desprecio y humillación, no está pensando en Sí mismo, sino en que las cosas iban a ir de mal en peor para las mujeres de Jerusalén. Ahora estaban llorando por la injusticia hecha a Él, pero en la caída de Jerusalén que tendría lugar en el año 70 a. C. estarían abrumadas con su propio sufrimiento. En aquel baño de sangre la gente lo iba a pasar tan mal que estarían clamando por la muerte, que sería preferible a tener que presenciar las atrocidades que acompañarían la invasión romana. Jesús como profeta está profetizando lo que ocurriría cuando los soldados romanos entrasen en las casas para matar con la espada a los hijos de estas mujeres. La ciudad quedaría arrasada y la población diezmada.
 
            Jesús usa un refrán popular para contrastar la presente atrocidad de la ejecución injusta del Hijo de Dios con el genocidio que les espera a los habitantes de Jerusalén: “Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (23:31). Esto significa: “Si ahora están mal las cosas, se pondrán mucho peor”.
 
            Jesús ejercía como Profeta mientras llevaba su cruz hacia el lugar de la Calavera donde ejecutaría su sacrificio como Sacerdote, al ofrecer su cuerpo en expiación por los pecados de la humanidad. El autor de la epístola a los Hebreos lo expresa de esta manera: “…la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo” (Hebreos 9:14). Al llegar al Calvario, un tosco letrero sobre su cruz señalaría la causa de la muerte del Salvador: “Este es el Rey de los judíos” (23:38). El hombre que fue crucificado al lado de Jesús, fue salvo por su sacrificio. Lo reconoció como Rey y pidió entrada en su reino. En su lecho de muerte creyó la profecía de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” y fue salvo (23:42-43).  La misma opción está abierta para ti si aceptas el único sacrificio que puede darte entrada en su reino y la promesa de vida eterna en su Nombre.

             

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