LA SOLEDAD DE JESÚS[1]

  

“Y él, tomándole, le sanó, y le despidió” (Lucas 14:3).
 
Lectura: Lucas 14:1-6.
 
            El pensamiento que vino a mi cabeza fue que Jesús estuvo muy solo. Después de sanar a este hombre, lo despidió, y el hombre se fue. Qué pena. Si fueses este hombre, ¿no querías estar ya para siempre con Jesús, sin irte de su lado nunca? Y luego pensé, de todas formas, ¿por qué estaba Jesús en la casa de este fariseo? Y la sensación que tuve es que se había ido allí porque quería mostrarles con ternura la condición de sus corazones, para darles una oportunidad de arrepentirse. Se me ocurrió que fue a la casa de los fariseos porque los amaba. Allí estaba muy solo. Entró en la casa sabiendo que todo el mundo estaría en contra de Él, que todos lo estaban observando, sabiendo que estaban juzgando todo lo que decía y hacía, pero además sabiendo que ellos necesitaban salvación. Entró y tomó la oportunidad para mostrarles la condición de sus corazones, para mostrarles que preferían guardar la ley antes de amar justicia y misericordia y caminar en humildad con su Dios.
 
            No creo que el tono de voz que el Señor usó fuese uno de acusación. Creo que tuvo que haber sido desesperadamente triste para Él ver a esta gente con tanto celo de Dios sin conocerlo en lo más mínimo. Eran celosos para guardar la ley sin entender el corazón de la ley. Y pienso que Jesús fue a la casa de los fariseos porque quería mostrarles todo esto. No se sentó para predicar un sermón; hizo una pregunta. Y finalmente se quedó solo. Los fariseos, un poco fuera de su papel acostumbrado, parecen silenciosos en este incidente. Jesús fue silencioso en el momento de su muerte, pero aquí están los fariseos confrontados con la verdad, y no dicen nada. Tienen una oportunidad de creer, de comprender la finalidad de la ley, de entender su corazón, y entender que la lógica, la bondad, la misericordia y la justicia tienen que prevalecer; y de comprender que ellos mismos lo hacen difícil de creer a la gente. Tuvieron la oportunidad para entender, pero se cerraron y no hablaron.
 
            Y el hombre que fue sanado se fue por su camino, y no se sabe si este camino incluyó a Jesús en el futuro. Pero lo que sí sé es que Jesús estuvo muy solo.  Estaba  rodeado siempre por mucha gente, pero, a la vez, muy solo. Ni sus discípulos entendieron muchas veces lo que estaba diciendo, ni lo que había venido a hacer. No fue hasta la venida del Espíritu Santo que realmente entendieron. Y así Jesús pasó sus años de ministerio muy aislado, apartado de la presencia del Padre, quien no lo dejó hasta tuvo que hacerlo porque Jesús había llegado a hacerse pecado por nosotros. Él fue enviado a este país que lo estaba esperando, predicó el evangelio, y nadie respondió. Nadie quiso creerlo. Predicas justicia y misericordia, y la gente prefiere normas, sus propias reglas de justicia,
 
            Padre amado, ayúdame a no ser como ellos. Señor, gracias, porque Tú dejaste la gloria y te humillaste, y no solo esto, sino que dejaste el compañerismo del Padre y del Espíritu, rodeado por ángeles, y llegaste a estar aislado y solo, y aun pasaste por la separación total de Dios. Y, Señor, hiciste todo por amor a nosotros. Siento muchísimo que tuvieses que estar solo, siento mucho no haberte escuchado, haberte aislado, marginado y apartado de nosotros. Señor, siento haber preferido nuestro criterio al tuyo, nuestra propia gloria a la tuya. Perdónanos, Señor. Y ayúdanos a ir corriendo a ti, a agarrarte y nunca soltarte. Que Tú seas el primero en nuestras vidas, y que tu gracia sea el maná del cielo con el cual nos alimentemos y que la repartamos a otros. En el nombre de Jesús, amén.

[1] Escrito por Becky Cretney.

             

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