“Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera” (Salmo 112:1).
Lectura: Salmo 112:1-6.
El salmo que tenemos delante nos habla del motor del creyente y el resultado de su funcionamiento. El corazón del creyente es su relación con Dios y su Palabra, porque las dos cosas son inseparables. No puedes amar al Señor y no tener ningún interés en lo que dice, de la misma manera que no puedes querer a una persona y no querer que te hable. Dios está por encima de su Palabra, pero no es independiente de ella, ni está en conflicto con ella. Su Palabra es la expresión de su mente en beneficio del hombre. El alcance de su mente supera la Palabra escrita, pero está de acuerdo con ella. El hombre que ama a Dios le teme. Lo respeta. Lo valora y quiere complacerlo. Se da cuenta de que Dios es bueno y que sus caminos son perfectos. No hay ningún bien fuera de Dios. Por esto este hombre teme hacer cualquier cosa que Dios haya prohibido, porque sabe que solo conducirá a su mal. Dios es la fuente de todo conocimiento, inteligencia y sabiduría. Solo el insensato desprecia su Palabra. El que conoce a Dios se deleita en su Palabra y ordena su vida de acuerdo con ella.
El resultado es bien para su familia: “Su descendencia será poderosa en la tierra; la generación de los rectos será bendita” (112:2). Sus hijos se beneficiarán de su fe. Él sabrá educarlos según la ley de Dios que no cambia de generación en generación. Se adapta perfectamente a cada generación. Los hijos formados en un hogar que teme a Dios y se deleita en sus mandamientos serán temerosos de Dios, respetuosos a sus padres, obedientes, humildes, inteligentes, correctos, justos, y su vida será una de provecho: “Bienes y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre” 112:3). Esta familia será de ejemplo para los que la rodean: “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo” (112:4). Esto último ya habla de su relación con los demás. Esta familia trata a los demás con justicia y misericordia. Hace lo correcto y es generosa para con los pobres: “El hombre de bien tiene misericordia, y presta” (112:5).
Una sociedad gobernada por la ley de Dios es justa, y misericordiosa para con los desafortunados. Todo empieza con el temor a Dios y el deleite en su Palabra, y el resultado es el bien para todos. Si solo hay unos pocos justos, todavía funciona. La luz que desprenden éstos alumbra a los demás. En nuestra sociedad faltan justos, pero cada uno de ellos arroja suficiente luz como para no dejar que las tinieblas sean totales. Con esta luz los que buscan a Dios tienen lo que necesitan para encontrarlo.
Padre amado, esta es la vida que queremos llevar, una de temor a ti y deleite en tu Palabra para que nuestros hijos sean rectos y bendecidos, y para que nuestra familia sea luz para con todos los que nos rodean. Amén.
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