“Aconteció un día de reposo, que habiendo entrado para comer en casa de un gobernante, que era fariseo, éstos le acechaban. Y he aquí estaba delante de él un hombre hidrópico” (Lucas 14:1, 2).
Lectura: Lucas 14:1-6.
Nos sorprende que Jesús estuviese tan dispuesto a aceptar la invitación de comer en casa de un fariseo sabiendo que estaban buscando una ocasión de acusarlo de pecado. La ley mandaba que no se podía trabajar en el día de reposo. Jesús tenía un hombre enfermo delante de Él. ¿Qué iba a hacer? ¿Romper la ley y atenderlo, o endurecer su corazón y pasar de él para guardar la ley? ¿Esto es lo que la ley enseña, que uno no muestre compasión? ¿O enseña que uno descanse un día de la semana por amor a la salud? La ley está hecha para el bien del hombre. Necesita descansar. Pero el otro hombre, ¿qué necesitaba? Necesitaba sanidad. ¿Entonces guardo la ley para beneficio de mí y perjuicio del otro?
Vamos a retroceder para mirar a esta escena desde más lejos. Aquí tenemos a Jesús, por un lado, y la ley, por otro. Jesús es el autor de la ley. Es la Palabra de Dios. Un autor es más que el libro que ha escrito. Jesús, siendo el autor de la ley, tiene autoridad sobre la ley. La ley es un libro, Jesús es una Persona. La ley está escrita en piedra, inflexible. Jesús es una Persona viva que piensa, siente, reacciona, entiende las circunstancias, puede llorar por la pena del otro. La ley no llora, dictamina. Es fija para todas las circunstancias. No reacciona; Jesús sí. Otra consideración: La ley está compuesta por muchos preceptos, o sea, por muchos versículos. ¿Cuál toma preminencia sobre otra? Jesús, siendo Persona, puede tomar todas estas cosas en consideración. Si escoges un solo versículo y dices: “Esto es lo que la ley dice”, tienes razón. Pero si consideras el conjunto de la ley y decides cuál se aplica a este caso en concreto, también tienes razón. ¿Jesús estaba para abrogar la ley? No. Estaba para decidir cómo aplicarla a cada circunstancia. Sabía llegar al corazón de la ley, que es amor, y aplicarla correctamente. Esto es lo que hizo en este caso.
Jesús pensó en su necesidad de descanso y en la necesidad del hombre que tenía delante, que era la sanidad, y optó por el bien del hombre por encima del bien personal. Y sanó al hombre. Entonces Jesús habló a los intérpretes de la ley y a los fariseos, diciendo: “¿Es lícito sanar en el día de reposo? Mas ellos callaron” (14:3, 4). Callaron porque no sabían la respuesta. La respuesta es que depende, y Jesús es el que sabía interpretar la ley para estas circunstancias dadas, porque sabía interpretar la ley y aplicarla a la situación presente. Los intérpretes de la ley no sabían hacer esto. Solo entendían la ley escrita en piedra que se aplica de la misma manera para todos los casos, sin tomar en cuenta a los seres humanos y sus necesidades. Jesús decía: “El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado” (Marcos 2:27), y tenía razón, y esta razón lo cambia todo. Entonces la sanidad de este hombre encajaba perfectamente con la intención de Dios al crear el día de reposo.
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