LA SECUELA[1] (2)

  

“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:5, 6).
 
Lectura: Col. 3:12-17.
 
            La conversación con esta chica del trabajo fue bien, pero muy bien. Creo que el Señor me dio la idea. No fue mía, creo que vino de parte del Señor. El día siguiente entré en la oficina con una sonrisa grande en la cara. Esta chica (la que habla mal) ya estaba en su mesa. Me miró a mí y me dijo: “¿Qué te pasa a ti?”. Es muy graciosa. Es la clase de persona que me llevo muy bien con ella, cosa que hace más difícil lo que le iba a decir. Es muy divertida y avispada. Le contesté que hoy estoy de buen humor. Y ella dijo: “¿Por qué?”. Yo dije: “Porque me siento muy positiva. No importa lo que pasa con este trabajo (la compañía está pasando por cambios), yo necesito amar a todos”. Ella comprendió en seguida lo que quería decir y miró a la mesa donde trabaja el hombre que tanto le molesta. Yo dije: “Sí. incluyéndolo él. Mira, María (que no es su nombre), él es buena persona. Tiene unas cualidades que tú y yo no tenemos”. Y ella dijo: “Claro, lo sé. Sé que es bueno para vender, pero esto no significa que yo quiera trabajar para él”. Yo dije: “Yo tampoco. Solo porque he dicho que he decidido que tengo que amar a una persona, no significa que quiera trabajar para él. Si el resultado de las entrevistas es que a él le dan el puesto, puede ser que tú y yo decidamos buscar trabajo en otra empresa. Bueno. Pero tenemos que ver lo positivo en él, y él tiene mucho de positivo para ofrecer”. Me miró, y sé lo que quería decir con esta mirada. Él va fardando por la oficina, mandando a la gente, como si ya hubiese conseguido la posición a la que aspira. El caso es que mi amiga tiene razón. Este hombre es una molestia. A ella le dije: “He decidido que voy a ver lo positivo en él, y en cada persona en el equipo. Voy a aprender en qué áreas son inteligentes y cuáles son sus características buenas, ya sea que consiga esta posición o no”. Y ella me miró a mí y me dijo con un gran suspiro: “¡Oh, a veces desearía que no hubieses encontrado la iglesia de nuevo!”. ¡Ella se dio cuenta de que era el Señor el que me movía a tener esta actitud positiva! Lo vio. Así que, ¡alabado sea el Señor! En su propia manera graciosa y sarcástica, reconoció que era el Señor el que me estaba cambiando.
 
Luego se fue y dijo a mi otra amiga que yo estaba tratando de ser positiva en cuanto a este hombre, porque a la otra este hombre le cae mal también. Las dos vinieron y me miraron como si fuese una cosa rara, pero yo rehusé entrar en conversación con ellas acerca de este hombre. Solo las miré con amor y les di una sonrisa grande. Y todo estaba bien. La gloria fue para el Señor. Totalmente para el Señor, porque la primera ya dio la gloria al Señor al decir: “A veces desearía que no hubieses encontrado la iglesia”. Estaba reconociendo que Dios fue el origen de este gran cambio en mí. El otro día pude contarle acerca de los milagros que Dios ha hecho en el hijo de otra amiga, así que, ella lo sabe y lo entiende. El Señor me dio la sabiduría que le pedí.
 
“Gracias, Señor por darme la sabiduría. Ahora pido que me protejas de tentación, protégeme de estar molesta con este hombre o con otros en la empresa. ayúdame a ver lo positivo en ellos y a amarlos. Perdóname por mis irritaciones. En el Nombre de Jesús. Amén”.   

[1] Un audio de Becky Cretney que traduje.

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