LA AMARGURA

  

«Quítese de vosotros toda amargura» (Efesios 4:31).
 
Lectura: Rut 1:19-22.
 
Aunque tengamos que vivir circunstancias difíciles, no permitamos que ellas nos amarguen y así lleguemos a ser amargadas. En absoluto.
 
Noemí vivía circunstancias verdaderamente amargas. Había dejado su país con todo cuanto poseía para buscar una vida mejor en Moab y allí perdió a su marido y a sus dos hijos. Se quedó sin nada. Pero no era tanto lo que le había pasado, sino cómo lo interpretó lo que le amargó. Interpretó sus pérdidas como prueba de que Dios le había abandonado. A sus nueras, que también habían quedado sin marido, les dice: «Mayor amargura tengo yo que vosotras, pues la mano de Jehová ha salido contra mí» (Rut 1:13).  Pensaba que Dios estaba obrando en contra de ella para mal.
 
En estas condiciones Noemí y Rut abandonan el país de Moab y emprenden el largo camino de regreso a Israel. Cuando llegan a Belén la cara de Noemí está tan marcada por sus tragedias que sus antiguas vecinas a duras penas la reconocen. Preguntan: “¿No es esta Noemí?” (1:19) y ella les contesta: “No me llaméis Noemí (Placentera) sino Mara (Amarga); porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso” (1:20). La amargura había entrado en su alma de manera que se había convertido en una persona amargada. ¿Cómo volvió a convertirse otra vez en una persona dulce?
 
            Primeramente, Noemí tomó una decisión de fe: la de volver a Israel, al pueblo de Dios, al lugar de la bendición y el lugar de la morada de Dios. Abandonó todo lo que tenía en Moab, se humilló y volvió como mujer fracasada y vacía, sintiendo profunda vergüenza delante de sus vecinos de Belén. Su estancia en el extranjero había sido un fracaso.
 
Al llegar a Belén, Dios no le dio un marido e hijos. ¿Cómo cambió su actitud entonces? Empezó a ver la mano de Dios obrando a su favor. Por medio del redentor Booz, Dios les proveyó de comida, hogar, bienes y familia. Le dio un marido para su nuera y descendencia para su hijo. Obed figuró como hijo de Mahlón, y por lo tanto, descendencia de su marido, Elimelec. Y le dio un nieto precioso que fue la alegría de su vida.
 
Cuando todo nos va mal, no hemos de amargarnos, sino obedecer al Señor en lo que nos está pidiendo, humillarnos, tomar pasos de fe y buscar su presencia; y Dios obrará. Con el tiempo, veremos su mano de bendición sobre nuestras vidas de forma tan visible que hasta nuestros vecinos lo percibirán y lo comentarán (4:14-17). Nos dirán bendecidas y nuestro concepto de nosotras mismas cambiará. En lugar de vernos como desgraciadas, nos veremos cómo bendecidas de Dios. Veremos que su mano está obrando a nuestro favor. Esto mismo es lo que convierte una mujer amargada en dulce y placentera, en una alegre mujer de Dios.     

             

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