DIOS DIJO, PERO YO DIJE 

  

Y me dijo: Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré. Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios.” (Is. 49:3,4).
 
Lectura: Isaías 49:1-7.
 
Dios habló a su siervo y le dio una promesa preciosa, que él era su siervo y que en él se gloriaría: “Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré”, pero el siervo tenía sus dudas al respecto. No veía ningún fruto de su labor y, menos aún, algo que pudiera glorificar a Dios: “Pero yo dije, por demás he trabajado y en vano he consumido mis fuerzas”. Piensa que todos sus esfuerzos han sido en vano. No cree que vaya a ver ningún fruto de su ministerio. ¡Y lo asombroso es que Dios le contesta dándole una promesa aun más grande que la primera! El siervo dudaba que pudiera hacer que Israel volviese a Dios, lo que fue su encomienda, y Dios le dijo que no solamente haría que Israel volviese a Dios, ¡sino que conseguiría que todas las naciones volviesen a Él!
 
Vamos a mirar la respuesta de Dios: “Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová y el Dios mío será mi fuerza) (49:5). Luego Dios sigue animándole: “Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de la naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra” (49:6). En efecto. l dice que no fue suficiente para Dios que su siervo hiciera que Israel volviese a Él, sino que le iba a capacitar para que fuera luz al mundo entero, para que las naciones también se salvaran y vinieran al conocimiento de Dios.
 
Enseguida vemos que esta profecía se cumplió en Jesús. Al principio parecía que su ministerio fue un fracaso, pero la voluntad de Dios no solo fue que tuviera éxito con Israel, ¡sino con el mundo entero! Sería el Salvador de Israel y del mundo. Dios lo había determinado, y Dios obraría para que así fuese.
 
 Es parecido a lo que pasó con Abraham. Dios primero le dice que va a ser padre de un hijo, y luego le dice que será padre ¡de multitudes de hijos!, y todo esto sin que haya pasado nada. Dios es así. Nos cuesta creer una promesa, porque no vemos nada, y luego nos da otra más grande ¡cuando la primera todavía no se ha cumplido! Y nosotros somos como este siervo también. Nos desanimamos porque no vemos resultados. Dios ha dicho algo, y nosotros decimos: “pero”. Dios quiere estimular, estirar, ensanchar y hacer crecer nuestra fe para que abarque más y más, a todo lo que Dios propone hacer por medio nuestro. 
 
Cuando Dios dice algo y nosotros contestamos: “pero yo dije”, Dios vuelve a confirmar su promesa, y lo que promete es tan grande que sólo Él lo puede hacer realidad. Y Él lo hará.  

             

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