“Y envió mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella” (2 Samuel 11:4).
Lectura: 2 Samuel 11: 3-12.
David vio a una hermosa mujer desnuda bañándose, su carne la deseó y decidió tomarla, porque pudo, porque era el rey. No la conocía de nada. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. No estaba enamorado de ella. No era su novia. No le era nada, solamente un cuerpo atractivo. Se le subió la lujuria y no la frenó. La deseó porque se encendieron sus pasiones, y cedió a lo que pedía su cuerpo. Esto no es amor, es un comportamiento animal. Es el hombre siguiendo sus instintos naturales más bajos. David ya tenía muchas esposas y concubinas, pero se encaprichó de ésta. El procedimiento fue grotesco. No habló con ella. No salió con ella para conocerla. No trató de atraerla. Mucho menos pensó en su marido. Mandó a uno de sus mensajeros a buscarla y la trajo al palacio: Nada más pasar por la puerta, la llevó a la cama. Nos repulsa esta conducta. ¡Cómo se degradó este hombre de Dios! El pecado es asqueroso. Repugnante.
“Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa” (11:4). Asunto concluido. Ella ya estaba fuera de la vida de David. “Si te he visto, no me acuerdo”. David se habría olvidado por completo del incidente si no fuera porque ella le mandó un mensaje diciendo que estaba esperando un hijo suyo. Entonces vienen una serie de intentos por parte de David para encubrir su pecado. Todo esto viene como lección muy fuerte para nosotros para decirnos: “Sabed que vuestro pecado os alcanzará” (Núm. 32:23). Dios hizo que ella concibiese y Dios no iba a permitir que David ocultase su pecado.
David pidió que Urías, el marido de Betsabé, viniese desde la batalla donde estaba estacionado para hablar con él, como si nada. Le dijo que fuese a su casa y le mandó comida de la mesa real para festejar con su esposa, pero Urías no abandonó su obligación de soldado para descansar, ¡como David lo había hecho! ¡David había dejado la guerra para acostarse con Betsabé, pero Urías no quiso dejar la guerra para acostarse con ella!, aunque era su esposa y tenía permiso para hacerlo; una de las ironías de la vida. “Y Urías respondió a David: El arca e Israel y Judá están bajo tiendas, y mi señor Joab, y los siervos de mi señor, en el campo; ¿y había yo de entrar en mi casa para comer y beber, y a dormir con mi mujer? Por vida tuya, y por vida de tu alma, que yo no haré tal cosa” (11:11). Y no fue a su casa. ¡Urías está mostrando ser un hombre de principios más que el propio rey! David fornica con una mujer que no conoce de nada, pero no hace misericordia a uno de sus soldados conocidos y leales. Dios lo permitió así, que Urías fuese un hombre tan recto y noble, para que veamos más claramente el contraste entre los dos hombres, y la fealdad del pecado. Nosotros lo vemos, pero David estaba ciego ante su propio pecado.
Es para que clamemos al Señor: “Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos” (Salmo 69:5). “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmo 19:12). Amén.
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