“Y David dijo a Urías: Quédate aquí aún hoy, y mañana te despacharé… Y David lo convidó a comer y a beber con él, hasta embriagarlo. Y él salió a la tarde a dormir en su cama con los siervos de su señor; mas no descendió a su casa” (2 Samuel 11:13).
Lectura: 2 Samuel 11:12-17.
David probó otra táctica: a ver si podía emborrachar a Urías para conseguir que fuese a su casa para dormir con su mujer, para así encubrir su pecado, pero no fue. Es muy difícil encubrir el pecado. En cada intento nuestro caemos más bajos. David está en la mesa comiendo con el hombre al que ha engañado. Nos hace pensar en Judas comiendo con el Señor, sabiendo que lo ha traicionado. Cómo pudo mirarle a la cara no lo sabemos. David va quedando cada vez más vil en cada intento suyo de encubrir lo que ha hecho. Y Urías va superando cada prueba que se le presenta, se mantiene resoluto en su determinación de no abandonar su puesto de responsabilidad para disfrutar de lo que le es lícito hacer.
Ahora viene lo más terrible: “Y escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías” (11:14). Nos invade una pena tan grande que queremos dejar esta historia ya y distraernos con otra cosa. David manda la carta de su muerte por mano de Urías. ¿Cómo pudo hacer tal cosa? ¿No pudo ver la nobleza de este hombre? Si no la manda, Betsabé queda como adúltera expuesta a muerte, claro, por su pecado y el de David. ¿Ella se resistió? Lo que enseña la ley es que, si la mujer en este caso no grita y protesta, es igualmente culpable. El pecado conduce a la muerte. O bien tenía que morir ella o bien Urías. Estas eran las opciones que tenía David. La otra opción era que él muriese también, juntamente con ella, pero él no contempló esta opción. Pero la contempló Dios. Si David no se hubiese arrepentido con un arrepentimiento genuino, Dios le habría quitado la vida.
Continuamos, pues con esta penosa historia, pero muy tristes al hacerlo. David, pues, puso la carta que lo sentenciaba a muerte en la mano de este hombre valiente. Joab colaboró con David al colocar a Urías en la parte más peligrosa de la batalla y luego abandonarlo allí para que el enemigo lo matase. Puestos a elegir, algunos hombres preferirían la muerte a volver a su casa para encontrar que sus esposas les habían sido infieles. Si Urías hubiese vuelto, habría sumado dos y dos y habría comprendido quién era el padre del niño que esperaba su esposa. En su caso, ¿qué podría hacer Urías con esta información? Mejor que muriese. Ser víctima del adulterio del cónyuge es peor que la muerte. Los que caen en este pecado no pueden darse cuenta del sufrimiento tan terrible que traen sobre su casa. Algunos niños nunca se recuperan del daño que sus padres o madres les han ocasionado por sus adulterios.
La ley de Dios es contundente: “No cometerás adulterio” (Éx. 20:14). Ni fornicación: “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de la fornicación… que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto” (1 Tes. 4:3, 6). Pues, el hombre que comete adulterio hace daño al marido de la mujer, y el que fornica con una mujer defrauda al hombre que más adelante será su marido.
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