BETSABÉ (1)

  

“Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab… pero David se quedó en Jerusalén” (2 Samuel 11:1).
 
Lectura: 2 Samuel 11:1-4.
 
Para nosotros la vida de David siempre será un enigma. En nuestros círculos se oye más de su adulterio que de sus éxitos militares, o de la generosidad de su corazón con Mefi-boset. La gente del mundo solo conoce la historia de Goliat y la de Betsabé. Ante los ojos del mundo nuestros fallos pesan más que nuestros logros, y queda manchado el nombre de Dios a causa de nuestro pecado. Antes de juzgar a David por su pecado mirémonos a nosotros mismos. Lo que debemos hacer es humillarnos bajo la poderosa mano de Dios y darnos cuenta de que no llegamos ni a la suela de su zapato. Hay muchísimo que aprender de él. Hacemos bien en leer sus salmos y hacer nuestras sus oraciones. No somos más limpios que él. Dios recibe nuestra alabanza solamente porque nos ha aceptado en Cristo. Si esta historia ilustra algo, es que solo somos aceptados en el Amado (9:7), no por lo que somos en nosotros mismos. David aceptó a Mefi-boset por amor a Jonatán como Dios nos ha aceptado a nosotros por amor a Cristo. Nuestra justicia, aun después de convertidos, no nos gana la aceptación de Dios. ¿Y qué de nuestro pecado? Si lo hemos confesado y denunciado como lo hizo David con el suyo (Salmo 51), Dios nos ha perdonado y no se acuerda más de él. ¿Y qué de nuestros defectos y debilidades? Sufriremos las consecuencias de ellos, como lo hizo David, pero no quitarán el amor de Dios por nosotros, porque su amor nos viene por el amor a Cristo. La grandeza de David no consiste en una vida libre de pecado, sino en un amor apasionado por Dios que lo llevó a cantar sus alabanzas y librar sus batallas.
 
Vamos, pues, con la historia que nos da mucha pena contar. David no fue a la batalla aquel año. Se tomó unas vacaciones de sus obligaciones. Estaba descansando en lugar de ir a la batalla, así que la batalla le vino a él, no la física, sino la espiritual, y por poco pierde su vida bajo el juicio de Dios. A esto llegaremos. “Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real” (11:2). Ya está pecando. Cambió el campo de batalla por la cama. ¡Hizo una siesta tan larga que el sol estaba para ponerse! No tenía nada que hacer, así que se dio una vuelta por el terrado del palacio. El diablo siempre está dispuesto a poblar la mente vacía.  David ya estaba dando rienda suelta a sus deseos carnales. Él mismo preparó el terreno para la tentación. El ocio y la autoindulgencia no son aliados nuestros.
 
Y desde su terrado miró por aquí y por allí para distraerse, y he aquí que “vio a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa”. ¿Qué hacía ella bañándose donde podía ser vista? Desde luego, las mujeres piensan que su vestimenta, o falta de la misma, es asunto suyo, y si un hombre las mira, es culpa de él. Nada podría estar más lejos de la verdad. Un hombre con la carnalidad subida y una mujer con falta de pudor, y la escena está preparada para lo que va a suceder. Pedro dio en el clavo cuando dijo: “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). Aquí encontró a dos presos fáciles sin tener que esforzarse mucho. Ellos mismos hicieron los preparativos.

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