LOCOS Y SABIOS[1]

  

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios… ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:18, 20, 21).
 
Lectura: 1 Cor. 1:18-24.
 
Esta es la oración de Becky después de meditar en esta lectura, y podemos hacerla nuestra también:
 
            Señor, estos versículos son muy ciertos. La gente nos mira y piensa que estamos locos. No entienden cómo la crucifixión de alguien hace 2000 años pueda tener algo que ver con el perdón de nuestros pecados ahora. Desde una perspectiva humana es verdad que no tiene sentido. Pero, Señor, hemos sido testigos de que la cruz de Cristo es el poder de Dios, que no solamente demostró el poder tremendo del Padre al levantar a Jesús de entre los muertos, sino que sigue siendo el medio para levantar a cada uno de nosotros de entre los muertos espirituales, transformándonos poco a poco a la imagen de Jesús para que podamos empezar a decir que “ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo el que vive en nosotros, y que la vida que vivimos ahora en el cuerpo, la vivimos por fe en el Hijo de Dios quien nos amó y se entregó por nosotros” (Gal. 2:20).
 
Y, Señor, por la fe creemos que este es el poder que nos levantará físicamente de entre los muertos. Por la fe creemos que este mundo no es todo lo que hay, que un día las guerras, el dolor, el sufrimiento y la enfermedad terminarán, y que nosotros oiremos la llamada de la trompeta de Dios, y que toda rodilla se doblará y cada lengua confesará que Jesús es el Señor, para la gloria de Dios el Padre (Fil. 2:11). Señor amado, anhelamos este día. Anhelamos el retorno de Jesús, pero también anhelamos ver la salvación de tantos seres amados, y anhelamos ver el poder transformador en la vida de los que amamos. Por tanto, Señor, pedimos que envíes a tu Espíritu y que traigas profunda convicción de pecado a los que presentamos delante de Ti; pedimos que el poder de la cruz sea evidente una vez más en nuestros pueblos, en nuestras familias, en nuestras iglesias. Y, como Rahab (Josué 6:22-25) tuvo a toda su familia recogida en aquella pequeña habitación, seguros detrás la cuerda de grana, queremos lo mismo: queremos ver a todos nuestros familiares en aquella habitación alborotada, apretujados y preparados, esperando con grande expectación el retorno de Jesús. Pero no podemos hacerlo nosotros. Es necesario que el poder de Dios lo haga, y rogamos que lo hagas, Señor, en el nombre de Jesús, Amén.    

[1] Escrito por Becky Burt, nuestra hija.

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