TRISTES

 

«Porque él (Epafrodito) tenía gran deseo de veros a todos vosotros, y gravemente se angustió porque habíais oído que había enfermado» (Fil. 2:26).
 
Lectura: Filipenses 2:25-30.
 
Epafrodito es una de las personas menos egoístas que vamos a encontrar en las Escrituras. Primeramente, se expone a la muerte para poder servir al apóstol Pablo: «En verdad estuvo enfermo, a punto de morir» (2:27).  No le importaba su propia vida con tal de poder atender a Pablo en sus necesidades: “Estuvo próximo a la muerte, exponiendo su vida para suplir lo que faltaba en vuestro servicio por mí” (2:30), dice el apóstol. No se nos dice cómo enfermó. Podría ser, por ejemplo, que cogiera una pulmonía atendiendo a Pablo en el frío y la humedad de la cárcel. Lo que está claro es que el servicio que rindió a Pablo casi le costó la vida. Lo impresionante del caso es que a Epafrodito no le importó estar gravemente enfermo o morir. Lo que le importaba fue que su enfermedad causase sufrimiento a los Filipenses. ¡Ellos estaban tristes porque él estaba enfermo y él estaba triste porque la noticia les había causado tristeza! Y el apóstol Pablo estaba triste porque estaba a punto de perder a un “hermano, colaborador, compañero de milicia y ministrador de sus necesidades”. ¡El caso es que todo el mundo estaba triste! Pablo estaba triste por Epafrodito, los Filipenses estaban tristes por Epafrodito, y ¡Epafrodito estaba triste por dar tanta tristeza a los demás!
 
Se ve que tanta tristeza llegó al corazón de Dios, y lo movió a misericordia, porque Pablo dice: “pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza” (2:27). Si este hombre hubiese muerto, todo el mundo se habría hundido en la tristeza. Se ve que hay un límite a cuánta tristeza Dios permite en nuestras vidas y que en su misericordia no nos inunde con “tristeza sobre tristeza”.       
 
Cuando alguien está enfermo, no quiere dar tristeza a los demás. Duele ver su tristeza, pero a la vez, es hermoso ver tanto amor en la tristeza que causamos con nuestros problemas de salud. Realmente nos amamos. Nos importa profundamente lo que les pasa a nuestros amigos y familiares y hermanos en Cristo. Lloramos con ellos. La otra cara del amor es sufrir con aquel al que amamos. Pero cuando Dios obra para evitar tristeza sobre tristeza, entonces nos gozamos grandemente. Si un día otros lloran por nosotros, podemos sentirnos muy afortunados al ser profundamente amados.

 

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