LOS TRES DÍAS

 

 “Anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas… Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber? Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron… Y allí los probó” (Éxodo 15:22-25).
 
Lectura: Éxodo 15:22-27.
 
Ayer estuve hablando con una amiga que ha perdido como el 99% de la vista. No obstante, durante este último año ha ganado como un 99% más de fe y confianza en Dios en medio de esta tremenda prueba. Ha ganado estabilidad en su fe, aplica la Palabra, la cree, hace todo lo posible para mantener una actitud positiva, hace menos caso a sus dudas y cuando se viene abajo, sube de nuevo: sus bajos están seguidos por altos más rápidamente. Ha hecho todo lo que es humanamente posible para no sumergirse en la desesperación. Esta clase de pruebas es muy fuerte para una persona con la tendencia de dudar. Ella ha superado la prueba de la fe, pero todavía no puede manejarse sin ver. Su confianza en Dios resuelve la parte interna de su problema, pero no la externa. Todavía necesita una solución física para el problema de la vista. 
 
La acepción de nuestra realidad actual no significa resignarnos a que Dios no hará nada y creer que tenemos que tragar el agua amarga de Mara. Cuando nuestras circunstancias actuales no son viables, Dios las cambia. A veces lo que Dios ha pretendido en la prueba es que cambiemos nosotros. Otras veces espera a que creamos que cambiará nuestras circunstancias. Y otras veces, las dos cosas. Es decir, a veces la aceptación no es la solución definitiva, solo una parte. Dios convirtió el agua amarga de Mara en dulce.
 
            Cuando Jesús murió no era cuestión de aceptar que era la voluntad de Dios que muriese y punto. Era aceptar su muerte y creer que Dios lo resucitaría: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es el tercer día» (Lucas 24:21). Estos hombres se habían resignado a la muerte. ¿Dónde estaban los que habían creído y que estaban al lado de la tumba para recibirlo con fe triunfante cuando resucitara? 
 
“Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos» (Gen. 22:4).  En el caso de Abraham, su fe no consistía en resignarse a la muerte de su hijo, sino en que Dios cumpliera su promesa, y si, para ello, hiciera falta una resurrección, Dios lo haría. Creía tanto que Dios podía obrar milagros que estaba dispuesto a matar a su hijo.
 
Dios transformó las aguas amargas en dulces, porque no eran potables y no había llevado a su pueblo al desierto para matarlos de sed. Los tres días de prueba eran para ver si iban a creer en Dios o no. Después de la aceptación de una circunstancia amarga viene la fe para creer que Dios lo transformará en dulce, en viable, o bien por un cambio interior en nosotros, o bien por un milagro, o bien por las dos cosas. «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» (Lucas 18:8).

 

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