“Y llegaron a Mara y no pudieron beber las aguas de Mara porque eran amargas” (Éxodo 15:23).
“Anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas… Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber? Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron… Y allí los probó” (Éxodo 15:22-25).
Después de caminar tres días por el desierto, los israelitas tenían sed. ¡Normal! Hacía calor. Estaban caminando y no había nada que beber. Y luego, a lo lejos, vieron la provisión de Dios. ¡Qué bueno! ¡Agua! Pero cuando llegaron a aquel lugar, resulta que el agua no era potable. ¡Qué decepción! Lo que prometía ser la provisión de Dios era amargo. Teníamos ilusión y habíamos puesto nuestra esperanza en que aquello iba a ser la solución a nuestra necesidad, y resulta que no es viable. No funciona. Aquello no nos puede satisfacer. Qué desilusión más grande.
¿Qué ha sido como las aguas de Mara para ti? ¿Un trabajo? ¿Una amistad? ¿Una persona que iba ser la solución a tu necesidad? ¿Una operación médica? ¿El marido? ¿La casa? ¿La iglesia? ¿Un ministerio? Parecía ser bueno, pero no lo es, y el resultado es que me estoy amargando. ¿Cuál fue la solución para el pueblo de Dios? Dios mostró un árbol a Moisés y Moisés lo echó al agua y el agua se convirtió en dulce. El único árbol capaz de transformar a una persona o una circunstancia es la Cruz. Nos ha convertido de pecadores en santos.
La Cruz es rica en significados: es salvación, es el lugar donde confesamos nuestro pecado y recibimos el perdón y la liberación, es el lugar de la muerte del YO, es aceptar lo que la providencia de Dios ha permitido. La amargura viene del pecado y la rebeldía. Cuando morimos juntamente con Cristo (Gálatas 2:20), y crucificamos nuestra propia voluntad y aceptamos lo que Dios nos ha dado, cambiamos. Invitamos a Dios a la situación y su presencia convierte lo amargo en dulce. Aquello que no era viable, se convierte en su buena voluntad para nosotros. Ya no es amargo, su presencia ha quitado la amargura. Convierte lo malo en bueno. La misma circunstancia cambia. La Cruz para Cristo pasó de ser una tortura a un medio de salvación. Y nuestra cruz, lo mismo. Nos transforma. Al tomarla cada día con aceptación, nos convertimos de amargadas en dulces. Introducir el árbol de la Cruz en nuestra experiencia introduce la presencia de Dios que cambia las cosas. La misma experiencia llega a ser dulce, un medio de santificación, la buena voluntad de Dios para nosotros, su perfecta provisión, potable y saludable.
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