NOSOTROS SUBIMOS A JERUSALÉN (3)

 

“Acuérdate, oh Jehová, de David, de cómo juró a Jehová: No daré sueño a mis ojos, hasta que halle lugar para Jehová, morada para el Fuerte de JacobEn verdad juró Jehová a David, y no se retractará de ello: Allí [en Jerusalén] haré retoñar el poder de David; he dispuesto lámpara a mi ungido. Sobre él florecerá su corona” (Salmo 132:1, 2, 4, 5 y11, 17, 18).

            Voy de camino a Jerusalén para ver al Rey sobre su Trono. Este es el propósito de mi vida y mi destino. Me considero peregrino. Este mundo no es mi hogar. Soy de la misma convicción que mis antepasados espirituales, quienes “conforme a la fe murieron todos ellos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Heb. 11:13). Como ellos, busco una ciudad. Si lo hubiese deseado, tiempo he tenido de volver al mundo, pero anhelo una ciudad mejor que las de este mundo, esto es, una ciudad celestial, por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse mi Dios, y el Dios de los que también comparten la misma convicción, porque nos ha preparado una ciudad (Heb. 11:14-16) cuyo nombre es la Nueva Jerusalén. Vamos camino a ella.  

            Esto lo tengo claro. Hay muchas cosas que se me escapan, y preguntas a las cuales no tengo respuesta, pero dejo estas cosas con el Señor. No ando en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí (Salmo 131:1), sino confío en el Señor (125:1), como un niño pequeño (131:2), con total dependencia de Él, porque será todo lo que necesito a lo largo del camino de la vida. Él guardará mi salida de este mundo y mi entrada en las moradas eternas (121:8), en la morada en la Casa que el Señor Jesús está preparando para mí en su reino.  

            Una vez que llegue a la Ciudad Celestial disfrutaré de una comunión perfecta con todos mis hermanos, los que han hecho el mismo peregrinaje que yo, unos antes, unos conmigo, y otros después. Allí exclamaremos todos juntos: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía, porque allí (en esta comunión) envía Jehová bendición y vida eterna!” (133:1, 3). Mientras tanto, aquí en este mundo, estoy haciendo prácticas, conviviendo en armonía con mis hermanos en anticipación de aquel día. “Por amor de mis hermanos y mis compañeros diré yo: La paz sea contigo. Por amor a la casa de Jehová nuestro Dios buscaré tu bien” (122:9).

            Cuando llegue allí, le serviré día y noche como sacerdote en su Templo alzando las manos al santuario, bendiciendo al Señor (134:1, 2) juntamente con todos mis hermanos, pues somos “real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Mientras tanto, aquí en la tierra estoy haciendo prácticas en preparación para aquel día. Paso tiempo con mi Dios adorándole, dándole gracias por esta gran salvación que ha conquistado mi corazón, pidiéndole que venga pronto para llevarnos a sí mismo, para que donde esté Él, nosotros también estemos.

“Desde Sion te bendiga Jehová, el cual ha hecho los cielos y la tierra” (134:3). Este es nuestro Dios y en Él está todo nuestro contentamiento. Desde la tierra te bendecimos, oh Dios, y nos abrimos de par en par para recibir tu gran bendición.

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