LA FE, ¿PÚBLICA O PRIVADA?

 

 «Vosotros sois la luz del mundo; una cuidad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:14-16).
 
Lectura: Mateo 5:13-16.
 
            Hace poco una madre estaba intentando tener una conversación con su hija acerca de la clase de vida que llevaba, de Dios y de la iglesia. La hija, indignada porque la madre se había metido en su vida, le contestó que la madre no podía saber lo que pensaba o creía en la intimidad de su corazón, que era un asunto personal y privado suyo, y que no hablase de aquello que no conocía. La madre le contestó que podía saber lo que creía por su forma de vivir.
 
            La fe es algo que no se puede guardar muy dentro del corazón sin evidenciarla. Delatamos lo que creemos por cómo vivimos. El Señor Jesús dijo: «Nadie tiene una luz y la guarda debajo de un almud», porque no tiene sentido. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Somos salvos para ser una luz que es visible para todos, no para creer en Dios en privado. La fe verdadera es imposible de esconder: «Una cuidad asentada sobre un monte no se puede esconder».  La misma naturaleza de la fe hace que no se pueda esconder, porque la fe verdadera se manifiesta en buenas obras. Las buenas obras no son solamente obras de caridad, ahora la Cruz Roja, y mañana la campaña contra la lepra, sino buenas obras en contraste con malas obras. La fe se muestra en una vida consecuente de rectitud y justicia que todo el mundo verá a la fuerza. La verdadera fe se manifiesta en obras: «La fe sin obras es muerta» (Stg. 2:20).
 
            En tiempos de mi abuela era de mal gusto hablar de la religión. La fe era una cosa muy privada. El Señor no nos está enseñando que debamos atosigar a la gente haciendo proselitismo como hacen algunas sectas, sino que, si somos creyentes, nuestra fe se verá por nuestra vida. ¡Ellos nos preguntarán a nosotros!
 
            Una chica que vivía una vida muy ligera se convirtió. Lo primero que hizo fue tomar pasos para poner su vida en orden, dejar de practicar el pecado, pedir perdón, y formalizar situaciones. La gente nos observa. En ella hubo un cambio tan obvio que todo el mundo que la conocía se dio cuenta. Con su nueva vida está alumbrando su casa como una lámpara. Su fe es tan visible como una cuidad asentada en un monte. Todos ven su buena conducta. Los que son creyentes glorifican a Dios y los que no lo son inventan una explicación para justificar el cambio radical que ven en ella.
 
            Pablo escribía a los Tesalonicenses: «en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido» (ver 1 Tes. 1:3, 7 y 8). Se hizo evidente. Nuestra fe alumbra la oscuridad que nos rodea y se hace pública; ¡se publica, como el periódico, y todo el mundo se entera! 

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