NOSOTROS SUBIMOS A JERUSALÉN (2)

 

“Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Salmo 126:6).
 
Lectura: Salmos 126-130.
 
            El Señor es el que ha ido llorando llevando la preciosa semilla, y nosotros somos sus gavillas, para regocijo de Él, nuestro Salvador (Salmo 126:6). Como el antiguo himno decía: “Trigo soy, trigo soy, del granero, del granero del Señor, del Señor,
Por la sangre de mi Cristo, y el poder de Jesucristo, a su granero yo voy”.
Él nos ha sacado de la cautividad del enemigo, y estamos alegres (Salmo 126:3). Nos ha salvado para incorporarnos como piedras vivas en la Casa que Él está edificando: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (127:1). “Porque nosotros somos edificio de Dios. Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Cor. 39-11). Cualquier otra casa religiosa que se haga que no sea la de Dios, caerá en el día del juicio (Mat. 7:26, 27). Colaboramos con Dios en la edificación de nuestra familia, iglesia, y del pueblo de Dios.
 
            Nuestra parte es temer a Dios y andar en sus caminos, entonces seremos bienaventurados juntamente con nuestra familia (128:1-3): “He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová” (128:4). Hay bendición dentro de la casa del creyente, si sus miembros viven en temor al Señor, aunque por fuera pueda haber conflicto: “Mucho me han angustiado desde mi juventud, mas no prevalecieron contra mí” (129:1, 2). Podemos esperar oposición y persecución, pero, a la larga, saldremos venciendo, con el Señor Jesús. Finalmente no hay bendición para los que se levantan en contra nuestra. El creyente también tiene un enemigo interno que es el mismo pecado que yace dentro de él. Clama angustiado: “JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (130:4). Cuando el Señor me muestra mi pecado, lo confieso, y renuncio a él, pero espero el Día cuando ya nunca más pecaré: “Mi alma espera a Jehová, y él redimirá a Israel de todos sus pecados” (130:6, 8). Esto lo hizo con la muerte de Cristo, pero todavía espero otro día cuando volverá para librarme aún de la misma presencia del pecado para siempre:
 
“//Yo solo espero ese día cuando Cristo volverá//
Afán y todo trabajo para mí terminarán,
Cuando Cristo venga, a su reino me llevará.
 
Ya no me importa que el mundo me desprecie por doquier,
Ya no soy más de este mundo, soy del reino celestial.
Yo solo espero ese día cuando me levantaré
De la tumba fría con un cuerpo ya inmortal.
 
Entonces allí triunfante y victorioso estaré,
A mi Señor Jesucristo cara a cara le veré.
Allí no habrá más tristezas, ni trabajos para mí,
Con los redimidos al Cordero alabaré”.
                                              
J. Arturo Savage

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