“¡Vayamos a la Casa de Jehová! ¡Nuestros pies ya están plantados dentro de tus puertas, oh Jerusalén!” (Salmo 12:1, 2, BTX).
Lectura: Salmos 120-125.
Peregrino Tú me hiciste; este mundo no es mi hogar,
Me llamaste a seguirte, y contigo un día morar.
Guíame, guíame por el pedregal
Tenebroso de la vida, a la patria celestial.
Apresura mis pisadas, porque veo alrededor
Tantas cosas seductoras; guarda mi alma, oh Señor.
Hay conflicto y peligro, ronda el diablo en derredor.
Fortalece tú mi brazo en la lucha, oh Señor.
Oigo el coro de los santos; ¡cómo canta al Señor!
Yo deseo ir con ellos y rendirte mi loor.
Nuestra caminata hasta el Cielo empieza en la Cruz y el camino es el mismo que trazó para nosotros el Señor Jesús. Él es el Camino a Dios y no hay otra manera de llegar, salvo por seguirle a Él. Él dijo: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
Al conocer al Señor nos encontramos rodeados por “los que aborrecen la paz”, al igual que Él (Salmo 120:6). Procuramos la paz con todos los hombres, pero a veces no es tan fácil. Encontramos que el camino es “un pedregal tenebroso”, como dice el himno. Alzamos nuestros ojos y vemos montañas por delante, pero el Señor nos ha prometido que Él “guardará nuestra salida y nuestra entrada”, es decir, nuestra salida para la Jerusalén Celestial y nuestra entrada en ella (Salmo 122:8) y en Él está nuestra confianza. Por la fe ya nos vemos en la Santa Ciudad (Salmo 122), mientras disfrutamos de la comunión con los santos por el camino: “Yo me alegré con los que me decían, a la casa de Jehová iremos” (122:1). No vamos solos, sino formamos parte de una gran multitud que nadie puede contar de todas las naciones, tribus y lenguas que también han salido de peregrinaje para la Ciudad de Dios.
Nuestros parientes y familiares nos pueden tratar con menosprecio y burlarse de nosotros. Podemos llegar a decir: “Estamos muy hastiados de menosprecio. Hastiada está nuestra alma del escarnio… y del menosprecio de los soberbios” (123:4), pero Dios está con nosotros: “A no haber estado Jehová por nosotros, cuando se levantaron contra nosotros los hombres, vivos nos habrían tragado” (124:2, 3), pero “bendito sea Jehová que no nos dio por presa a los dientes de ellos” (124:6). Pues, “los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve” (125:1). Estamos firmes en nuestro propósito de llegar a la Ciudad de Dios, y nada de lo que nos pasa nos va a disuadir. “Jehová está alrededor de su pueblo” (Salmo 125:2), y esta es nuestra confianza: “Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra” (124:8). Él vive en el Cielo, el destino de nuestro viaje, y por su gracia allá llegaremos con bien, porque su mano protectora reposa sobre nosotros. ¡Gloria a su Nombre!
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