JESÚS SUBE A JERUSALÉN (3)

 

“En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma” (Salmo 131:2).
 
Lectura: Salmo 131-134.
 
            La vida de Jesús en la tierra fue un ejemplo perfecto de total dependencia del Padre, no como un bebé, sino como un niño. Esperaba el momento de Dios, la dirección de Dios, confiaba en la Palabra de Dios, andaba por fe, en la compañía de Dios, hacía las obras de Dios, escuchaba la voz de Dios y hablaba lo que el Padre le daba para decir.
 
            El empeño de David fue edificar una Casa para Dios (Salmo 132), pero el que realmente está edificando la Casa de Dios es Jesús, quien dijo: “Edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat. 16:18 con 1 Pedro 2:5). Es una Iglesia hecha de piedras vivas de todos los salvos de todos los tiempos. Cada persona que se convierte es otra piedra indispensable en la construcción de la Casa de Dios. Y la segunda parte de este salmo también la cumple Jesús. Él es la descendencia de David que “se sentará sobre su trono para siempre” (132:12). Él es el que “ha vestido de salvación a sus sacerdotes” (132:16), que somos nosotros, los redimidos por su sangre, para que sirvamos a Dios en santidad en este Templo para siempre.
 
            Ya tenemos al Rey sentado en el Trono, sobre el arca del pacto (132:8), el propiciatorio, situado en el Lugar Santísimo del Templo de Dios en los Cielos (Ap. 21:22), como nuestro Dios y Rey. Jesús es el cumplimiento perfecto de este salmo.
 
            Los peregrinos ya han llegado a la Jerusalén terrenal y exclaman: “¡Cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (133:1)¡ Nosotros exclamamos lo mismo! El resultado de la obra de Cristo en la Cruz es que ¡los redimidos se aman! Vamos a vivir juntos eternamente en el Reino de Dios, siempre unidos, porque: “allí envía Jehová bendición y vida eterna” (133:3).
 
            Ya hemos completado los salmos de ascender a Jerusalén, a saber, los cánticos graduales. Poco a poco, paso tras paso a lo largo de nuestra vida hemos ido llegando a la Nueva Jerusalén. Cuando lleguemos veremos que el Templo lo somos nosotros y, a la vez, el Templo es Dios mismo, viviendo en medio de su Pueblo. Nuestros ojos verán a Aquel que hemos subido a ver, delante de nosotros en toda su gloria, al Señor Jesús, nuestro Dios y Rey, el Hijo de Dios y el Hijo de David, y todos los siervos de Dios allí bendeciremos a Jehová. Alzaremos las manos al santuario y bendeciremos al que vive por los siglos de los siglos, y desde Sion, ¡ya en Sion!, Dios nos bendecirá, el cual ha hecho los cielos y la tierra (134:3), el Dios de la Creación y de la Redención, el eterno e inmutable Dios que ha unido al hombre de la tierra con el Dios del Cielo por medio de la Sangre de su Cruz.

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