JESÚS SUBE A JERUSALÉN (2)

 

“Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre; como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo” (Salmo 125:1, 2).
 
Lectura: Salmos 123-130.
 
            El Señor Jesús siempre vivía con la mirada puesta en Dios. Más que ningún ser humano pudo decir: “A ti alcé mis ojos, a ti que habitas en los cielos” (123:1), y también más que nadie pudo decir que estaba servido de desprecio: “Porque estamos muy hastiados de menosprecio” (123:3). Él fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:3). Pero, a pesar del maltrato que recibió, el Señor se mantuvo firme en su propósito de subir a Jerusalén, inamovible: “Los que confían en Jehová son como el monte se Sion, que no se mueve” (125:1).
 
            ¡Qué hermoso el Salmo 126 en boca de Jesús!: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan, entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza” (126:1). “Por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (Heb. 12:2), y cuando hubo efectuado nuestra liberación de la cautividad del pecado, se sentó y se rio de puro gozo y alabanza al Padre quien todo lo hizo posible. ¡Qué alegría la suya al salvarnos y así glorificar al Padre! Si nosotros nos desbordamos de alegría cuando se salva un hijo nuestro, ¡imagina la felicidad de Dios! “He aquí, herencia de Jehová son los hijos… bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos; no será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta” (127:3, 5). ¡Este Hombre es el Señor mismo! Le encanta tener su Casa llena de hijos, salvados por su Hijo; está orgulloso de cada uno que ha sido librado de las garras del enemigo. 
 
            “Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos. Cuando comieres del trabajo de tus manos, bienaventurado serás” (128:1). Este Hombre bienaventurado es el Señor Jesús mismo quien más que nadie “verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho” (Is. 53:11). Su trabajo le costó mucha angustia: “Mucho me han angustiado desde mi juventud, puede decir ahora Israel” (129:1), el Señor Jesús es el cumplimiento de todo lo que tenía que ser y pasar Israel. Desde bebé fue perseguido (Mateo 2:7-18), la gente de su propio pueblo quiso matarlo (Lucas 4:16-30), y finalmente toda la nación lo llevó al patíbulo: “Sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron largos surcos” (129:3, 4), pero al final pudo decir: “mas no prevalecieron contra mí” (129:2), porque “Jehová es justo” (129:4).
 
            “Espere Israel a Jehová, porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel de todos sus pecados” (130:7, 8). El que cumplió esta profecía es el Señor Jesús en su obra de redención a favor nuestro. Nos redimió de todos nuestros pecados en el Calvario, y esta obra tendrá su culminación cuando vuelva otra vez y nos lleve con Él, porque entonces ¡estaremos libres aun de la posibilidad de pecar! ¡Hasta los cielos se extiende la misericordia de nuestro Dios!

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