JESÚS SUBE A JERUSALÉN (1)

 

“Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos. Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado” (Is. 50:6, 7).
 
Lectura: Salmos 120-124.
 
            Vamos a ver cómo el Señor Jesús cumplió todos los cánticos graduales, pues toda su vida estaba enfocada en su última y gran subida a Jerusalén para sufrir y morir, y allí efectuar nuestra salvación. Puso su rostro como un pedernal para ir a Jerusalén con total confianza en el Padre de que no sería avergonzado, es decir, que su vida no sería un fracaso, sino que cumpliría con éxito la voluntad del Padre. Él es el Peregrino por excelencia. Estaba muy consciente de que procedía del Padre y que al Padre iba, que su tiempo aquí era corto, y aprovechó cada paso para alcanzar su gran meta: Jerusalén y la Cruz. Dijo a sus discípulos: “Es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lu. 13:33).
 
            Su peregrinación hacia el Calvario empezó con el primero de los cánticos graduales (Salmo 120) en que se encuentra como forastero en este mundo hostil y en rebeldía contra Dios, y clama al Padre en angustia: “¡Ay de mí que moro en Mesec, y habito entre las tiendas de Cedar! Mucho tiempo ha morado mi alma con los que aborrecen la paz. Yo soy pacífico; más ellos, así que hablo, me hacen guerra” (120:5-7). Si esta ha sido nuestra experiencia, cuánto más ha sido la de Aquel que no conoció pecado: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Heb. 12:3).
 
            Él alzo sus ojos a los montes y confiaba en que “su ayuda vendría de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (121:2). Confió en que Jehová era su guardador a lo largo de su vida y que lo guardaría hasta su salida de este mundo y su entrada en la Casa del Padre al final de la trayectoria, “desde ahora y para siempre” (121:5, 8). Él es el que por excelencia dijo: “Yo me alegré con los que me decían; a la casa de Jehová iremos” (122:1), pues le gusta nuestra compañía por el camino; Él es quien nos acompaña en nuestra subida a Casa del Padre. Conoce bien el camino. Dijo: “Por amor a mis hermanos y mis compañeros diré yo: La paz sea contigo (Jerusalén). Por amor a la casa de Jehová nuestro Dios buscaré tu bien” (122:8, 9). Él buscó nuestra paz con su muerte y procuró nuestro bien con su salvación.
 
            Nuestro amado Salvador confiesa que sin la ayuda del Padre no habría sido posible salvarnos: “A no haber estado Jehová por nosotros (por Él, en este caso)… cuando se levantaron contra nosotros los hombres, vivos nos habría tragado entonces, cuando se encendió su furor contra nosotros”, pero, “porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé”. “Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (124:8). Este es el testimonio de Jesús con su vida y el ejemplo que dio a todos nosotros a seguir: fe hasta el final.    

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