COMUNIDAD

 

“Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos” (Salmo 122:1).
 
Lectura: Salmo 122.
 
            Una señora me escribió diciendo que no le gustaba tener visitas en su casa. Va a la iglesia, saluda a todos, se lleva bien con todo el mundo, pero no tiene ninguna relación con nadie de la congregación fuera de los cultos de la iglesia. Yo le contesté más o menos de la siguiente manera: 
 
            El cristianismo no es una religión privada entre tú y Dios. Es comunitaria. Convertirte es llegar a formar parte de la gran multitud que nadie puede contar de los salvos de todos los países del mundo, y marchar juntamente con ellos a Jerusalén: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos. Todos vamos juntos. Yo no subo al Cielo solito.
 
Cuando Jesús tenía doce años, se juntó con la multitud que subía a Jerusalén. Al volverse a casa los demás, Él se quedó en Jerusalén y sus padres no se dieron cuenta porque pensaban que estaba en la compañía de los demás del grupo, y que sus parientes se estaban ocupando de Él. Por lo tanto, no se preocupaban. Así es en la Iglesia, nos ocupamos de los hijos de los demás creyentes. Los encaminamos, como María esperaba que cuidasen de su hijo.
 
Todo el Nuevo Testamento es acerca de relacionarnos los unos con los otros en la iglesia. No se trata de ir al culto y salir, sino de ser parte del cuerpo y servir al Señor juntos. Se trata de orar juntos, ayudarnos los unos a los otros, y servirnos los unos a los otros en nuestras necesidades. La idea de ir al culto y salir para vivir nuestra propia vida es católica, y la de muchas iglesias protestantes, pero no es bíblica. El Señor nos salvó para ser parte de su familia y tener buenas relaciones familiares, comunión los unos con los otros, y edificarnos mutuamente.
 
Todo este salmo emplea lenguaje plural: “A la casa de Jehová iremos”. “Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas, oh Jerusalén”. “Por amor de mis hermanos y mis compañeros diré yo: La paz sea contigo”. Buscamos la paz de Jerusalén, es decir, la paz del pueblo de Dios. No solo la nuestra particular, sino la de todos, porque en ella está la mía. Cuando mis hermanos están bien, yo también estoy bien. Me gozo con los que se gozan, y lloro con los que lloran (Rom. 12:15), porque somos uno. 
 
No voy al Cielo para estar allí solito con mi Señor, voy para estar como parte de la gran multitud, con mis hermanos, con los que he conocido y amado aquí en este mundo, con los que he compartido mi vida. Por esto el penúltimo de estos cánticos graduales, el 133, es acerca de las buenas relaciones con los hermanos, de “habitar los hermanos juntos en armonía”, y el último (el 134) es de bendecir al Señor todos juntos una vez que hemos atravesado las puertas de la Ciudad de Sion: “Alzad vuestras manos al santuario, y bendecid a Jehová”. Y Dios responde bendiciendo a todos sus hijos: “Desde Sion te bendiga Jehováel cual ha hecho los cielos y la tierra”.
 
Este es un tema para meditarlo en oración delante de Dios.

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