“Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
Lectura: Juan 1:9-14.
Estas dos palabras, gracia y verdad, juntos forman una hermosa descripción del carácter del Señor Jesús. Son inseparables, cada una de estas características moderando y modificando el otro hasta llegar a un perfecto equilibro entre ley y gracia, misericordia y justicia, ternura y severidad, corrección y aceptación, liberalidad y exigencia. Todo lo exige y todo lo perdona. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede mantener las dos cosas en equilibrio sin sacrificar ninguna de las dos? Un padre humano lucha para llegar a la justa combinación de estas dos cosas en su trato con sus hijos. Algunos se inclinan por el lado de la severidad y otros por el lado de la manga ancha. En el Señor Jesús vemos las dos cualidades en su expresión perfecta.
El evangelio está lleno de ejemplos. Vamos a mirar algunos. Para la mujer tomada en adulterio, la ley exigía su muerte. Los enemigos de Jesús le pusieron en un aprieto. Si dijese que habría que perdonarla, fallaba al lado de la gracia. Si dijese que habría que apedrearla, fallaba al lado de la verdad. ¿Qué hizo? Dijo que se cumpliese con la exigencia de la ley, pero cualificó esta exigencia diciendo que la tenían que administrar los que no tenían pecado alguno que les acusara.
¿Cómo funciona este modelo en nuestras vidas como padres? El padre y la madre necesitan ser una mezcla de gracia y verdad. Un padre que es exigente sin amor está preparando el terreno para la rebeldía de su hijo. Si le enseñas a ser obediente, responsable, correcto, sin proveer el fundamento del amor para que estas cosas se desarrollen, te espera el desastre. Con un buen fundamento de amor, perdón, confianza, misericordia, gracia y aceptación, la respuesta de obediencia sigue naturalmente. Conozco un padre que avergonzaba a su hijo haciéndole sentir inadecuado. Cuando su hijo pequeño cometía un error el padre le decía: “Me has defraudado. He perdido la confianza en ti”, y el niño se secaba por dentro. Este niño es inteligente, pero tiene años de fracaso escolar detrás por la falta de confianza en sí mismo que ha recibido de su relación con su padre. Te rompe el corazón verlo.
El Señor Jesús en su relación con nosotros empieza con el fundamente de su amor por nosotros derramado en el Calvario, seguido por su aceptación incondicional, porque estamos en él. Nos da su justicia y no tenemos que ganarla a pulso, y luego nuestra respuesta es obedecerle, como respuesta lógica a su amor por nosotros. Confiamos en que lo que quiere por nosotros es lo mejor, porque ya ha mostrado su amor por nosotros. Exige todo, pero también perdona todo cuando estamos por la labor.
La gracia combinada con la verdad es la base de toda relación sana. Sabemos cómo es la persona, pero, a pesar de ello, la amamos. Perdonamos, porque hemos sido perdonados, y amamos porque somos amados.
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