LA MUERTE DE MOISÉS

  

«Mi siervo Moisés ha muerto» (Josué 1:2).
 
Lectura: Deuteronomio 34:1-10.
 
El Señor Dios acaba de enterrar a su siervo a quien amaba entrañablemente y anuncia a Josué: «Mi siervo Moisés ha muerto». Al leer estas letras, lloré. No pensaba llorar; mi reacción me vino de sorpresa. No lloré porque fue una nueva información para mí, sino porque la enormidad de la perdida me impactó. Amo a Moisés y lloré su muerte. La pérdida de un hombre de su calibre fue un golpe terrible para el pueblo de Dios de todos los tiempos. Nunca ha sido reemplazado. Nunca ha habido nadie como él con quien Dios haya hablado cara a cara. Ni siquiera ahora. El Espíritu Santo habla a nuestros corazones, sentimos la presencia de Dios, tenemos su Palabra y la leemos y la recibimos, pero no es lo mismo. Nunca ha habido nadie como Moisés y nunca lo habrá. Dejó un vacío que Josué nunca pudo llenar. Sí, amamos a Josué y sus conquistas, el joven espía dispuesto a luchar, el guerrero maduro conquistando terreno para el reino de Dios. Es maravilloso, pero no como Moisés.
 
Moisés estuvo ochenta años en el desierto aprendiendo a conocer a Dios. En los primeros cuarenta perdió toda autosuficiencia, toda confianza en la carne, y experimentó una verdadera muerte del Yo. Entonces vino la llamada de Dios, el desafío del Faraón, la travesía del Mar Rojo, y cuarenta años más en el desierto, llevando al pueblo en brazos como si los hubiese parido, intercediendo por ellos, ofreciendo su alma inmortal a cambio de su salvación, llevando sus cargas insoportables, escuchando sus quejas, soportando su rebeldía, su traición, su ingratitud, su incredulidad, su dureza de corazón. Y al final, por causa de ellos, perdió la entrada a la Tierra Prometida, porque sus quejas constantes corroyeron su paciencia y ya no pudo más con ellos. Puso su vida por ellos.
 
¡Cómo le amó Dios! Consiguió un grado tal de compenetración con Dios que llegaba a entender cómo Dios pensaba. Y luego Dios trae el mensaje a Josué, «Moisés mi siervo ha muerto». Dios estaba de duelo. Fue el final de un largo romance entre el alma de un hombre y el Dios Todopoderoso. Moisés ya estaba en la verdadera y eterna Tierra Prometida, pero la etapa de la vieja relación con Dios en la tierra se había terminado. Se acabaron los años cuando Dios veía a su amigo luchando para andar en pos de Él, en los cuales Dios oía sus súplicas, cuando se regocijaba al verle superar prueba tras prueba, caminando con Él en tierra calurosa y árida, viendo como pastoreaba su rebaño. Aquellos tenían que haber sido años de tremenda satisfacción para Dios, trabajando con un hombre cuyo corazón estaba puesto en Él, en obedecerle y en intentar conseguir que toda una nación hiciese lo mismo. Dios enterró a su viejo amigo y perdió a alguien en la tierra que nunca ha podido, o ha querido, reemplazar.        
“Moisés mi siervo ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán”. La vida continúa. Dios nos llama a hacer aquello que tiene para nosotras. Y la relación que tiene con nosotras, no la tiene con nadie más. Nunca seremos Moisés o Josué, pero sí podemos ser para Dios lo que sólo podemos ser cada una de nosotras en nuestra aventura de fe con Él. ¡Esforcémonos y traigamos gozo a su corazón! 

             

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