“No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Pues, sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día parecen sus pensamientos” (Salmo 146:3, 4).
Lectura: Salmo 146:1-10.
“Alaba, oh alma mía a Jehová. Alabaré a Jehová en mi vida; cantaré salmos a mi Dios mientras viva”. El salmista nos insta a alabar a Dios, y nos ayuda a hacerlo dándonos sobrados motivos por los cuales hacerlo. Él es un ejemplo de alabanza en su vida, por medio de la música, en su constancia cada día de su vida.
En quién no confiar: Es automático para nosotros poner nuestra confianza en el gobierno, o en algún ser humano, como el cónyuge, o un amigo íntimo, o en la seguridad social, la medicina, un consejero, el dinero, o en nuestra propia capacidad e inteligencia. El salmista nos corrige: “No confiéis en el hombre”, porque es de poca duración. Tales ayudas cesarán. En cambio, Dios es eterno: “Reinará Jehová para siempre; tu Dios, oh Sion, de generación en generación”. Él es Dios y Rey eternamente.
En quién confiar: “Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios”. Nuestro único Ayudador eficaz es Dios, equipado con poder infinito para ayudarnos. Él es el Creador de “cielos y tierra, el mar y todo lo que en ellos hay”. Únicamente en Él está puesta nuestra esperanza.
Confiamos en Dios porque “guarda verdad para siempre, hace justicia a los agraviados, y da pan a los hambrientos”. Es constante, justo y misericordioso. Puede hacer lo que nadie más puede hacer: “Liberta a los cautivos”, a los cautivos del pecado, de su vieja naturaleza, del enemigo, de hábitos destructivos. “Abre los ojos de los ciegos”, a los ciegos cegados ante la realidad de cómo son, de lo que les pasa, de ideas equivocadas. “Levanta a los caídos”. Es tierno y misericordioso. ¡Cuántas veces lo ha hecho, y cuántas veces lo hará! Siempre está movido para ayudar a los más necesitados: a extranjeros, huérfanos y viudas. Dios ama a los justos, pero trastorna el camino de los impíos.
Cuando los problemas, la necesidad, la angustia, o el sufrimiento llamen a mi puerta, ¿a quién voy a acudir? ¿Voy a coger el móvil y llamar a un amigo, o me voy a poner de rodillas y clamar al Dios que me ama y puede ayudarme?
Oración: Padre amado, te alabaré por tu poder creador, tu veracidad, tu justicia y tu compasión. Tú eres mi ayudador y mi esperanza. Mi salvación viene de ti. Amén.
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