EL MATRIMONIO (4)

“Booz subió a la puerta y se sentó allí; y he aquí pasaba aquel pariente de quien Booz había hablado, y le dijo; Eh, fulano, ven acá y siéntate. Y él vino y se sentó. Entonces él tomó a diez varones de los ancianos de la ciudad, y dijo: Sentaos aquí. Y ellos se sentaron” (Rut 4:1, 2).
 
Lectura: Rut 4:1-22.
 
Lo que se decidió en la puerta del pueblo aquel día forma parte de los propósitos eternos de Dios con ramificaciones perpetuas.
 
En aquellos días los asuntos públicos, como disputas de propiedades y heredades, se decidían en la puerta de la ciudad, entre los ancianos del pueblo. Booz, pues, reunió el necesario quórum de ancianos e incorporó al otro pretendiente, ¡que por casualidad pasaba por allí en aquel momento!, y expuso el asunto. Si Booz no hubiese querido casarse con Rut, podría haber manipulado al otro pariente cercano para dejarlo con la responsabilidad de la mujer, pero, lejos de esto, lo presentó de tal forma que aseguró que él mismo sería el afortunado que quedaría con la joven extranjera, admirada por todos. “Dijeron todos los del pueblo que estaban a la puerta con los ancianos: Testigos somos. Jehová haga a la mujer que entra en tu casa como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de Israel”. Y así fui. Ella edificó al pueblo de Dios.
 
“Booz, pues, tomó a Rut, y ella fue su mujer; y Jehová le dio que concibiese”, y dio a luz un hijo que fue Obed, el abuelo de David, rey de Israel, y por la línea de David nació el mayor Hijo de David, Jesús, el Mesías, el eterno Rey de Israel, el Hijo de Dios según la carne, del cual habló el ángel a María: “Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:31,32).
 
Nuestra pequeña historia termina en triunfo. La antes desgraciada Noemí ahora es la admiración de todo el pueblo, las dos mujeres han encontrado descanso en la casa de un hombre rico y amante de Dios, y amado por todo su pueblo, los brazos vacíos de Noemí ahora abrazan un bebé, y la extranjera es incorporada en la línea del Mesías, recompensada por el Dios de Israel bajo cuyas alas vino a refugiarse.   
 
 Aplicando esta historia a nosotros, nos hacemos la pregunta obvia: ¿Para qué volver a Moab?
 
Amado Padre, ¡qué lejos caminamos desde nuestra decisión en el camino a Belén! Has tomado a estos alejados de la ciudadanía de Israel, sin esperanza y sin Dios en el mundo y nos has hecho parte de la familia de Dios, descendientes del Mesías y herederos de las riquezas de su gracia. Alabado sea tu Nombre.

               

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