DEL SÓTANO AL SÉPTIMO CIELO

“Como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo” (2 Corintios 6:10).
 
Lectura: Rom. 8:32, 35-37.
 
            Lo que Dios hizo por mí aquel día me servirá como lección para toda la vida. Me ingresaron en un hospital que tenía todas las camas ocupadas. Así que me pusieron en un “box” en el sótano, con muchos otros boxes. El “box” tenía biombos por dos lados, la pared del hospital por detrás y una cortina por el otro lado. No tenía techo salvo el techo de la enorme nave que compartíamos docenas de camas. No tenía ventana. Solo había una cama y una silla. A un lado yo tenía la estación de enfermeros y al otro una señora muy malita que se ahogaba creando un escándalo en sus intentos de respirar. Había un señor al otro lado del pasillo con un cuadro parecido, y en otra cama había una mujer que gritaba voz en cuello. El box mío tenía como tres metros cuadrados. Los del hospital hacían todo lo posible para hacernos cómodos. Eran mayormente jóvenes, enérgicos, muy amables y atentos. Cada paciente tenía que defenderse como podía, buscando dónde estaban los baños, las toallas, los camisones limpios y las esponjas con jabón. El segundo día supe que había duchas para nuestra planta. Después de un par de días estaba calmada y disfrutando de mi pequeño espacio particular. Una amiga oró por mí para que pudiese dormir por la noche con todo el ruido que había, y cuando ella oró, supe que el Señor iba a contestar a su oración. Tuve completa paz, ¡y dormí!
 
 La lección que aprendí es que cuando no hay las cosas naturales que uno necesita, Dios compensa con las sobrenaturales. Hay todo un mundo espiritual en que Dios se mueve dando a cada uno lo que necesita en términos espirituales. Si es imposible dormir, Dios da sueño a sus amados. Si no hay ventanas, Dios abre las suyas del cielo. Si no hay nadie, la presencia de Dios suple con creces. Si hay mucho ruido, Dios da su paz. Si el espacio es pequeño, Dios te introduce en la inmensidad del lugar donde está Él, y estamos muy anchos. Me acordé de hermanos nuestros en países bajo persecución que no tienen nada, y comprendí como nunca antes que ellos están más afortunados que nosotros, en muchos sentidos; porque no teniendo nada, Dios suple todo. Cuando menos tenemos, más suple Él. 
 
Al tercer día me movieron a planta. Al dejar el box, supe que lo iba a echar de menos. Era mi pequeño espacio con Dios. Me trasladaron a la séptima planta, y creo que me dieron la mejor habitación de todo el hospital. Tenía una ventana de 3 metros de larga con una hermosa vista de toda la ciudad y las montañas en la distancia. Pero la vida cambió. Compartía la habitación con una mujer con mucho dolor. La tuvieron que atender día y noche. Las enfermeras entraban y salían todo el tiempo. Dormir era difícil. Ya no tenía un espacio para mí sola, aunque era muy amplia. Tenía un armario y un baño en la misma habitación. Tenía de todo, pero ahora, en el terreno físico. Me acordé de lo que dice el apóstol Santiago: “Hermanos míos amado, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le amen?” (Sant. 2:5). “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mat. 5:3). Cuando me doy cuenta de mi miseria, Dios me da sus riquezas.    

               

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